Cuadernos de Política Exterior Argentina (Nueva Época), 143, Enero-Junio 2026
ISSN 1852-7213 (edición en línea)
Etiopía bajo Abiy Ahmed: transformación estatal, crisis estructural y
reconfiguración geopolítica en el Cuerno de África
Ethiopia under Abiy Ahmed: state transformation, structrual crisis and
geopolitical reconfiguration in the Horn of Africa
Jan Záhořík
1
Department of Middle Eatsern and African Studies,
Faculty of Arts, University of West Bohemia in Pilsen, Czech Republic
ORCID: 0000-0002-7491-2534
jzahorik@ff.zcu.cz
1
Jan Záhořík is associate professor at the Department of Middle Eastern and African Studies, University of West
Bohemia in Pilsen. His work includes the Horn of Africa history and politics, Red Sea area, conflicts in Africa,
ethnicity and nationalism, and other topics. Besides many other things, he is an author of Inequalities and Conflicts
in Modern and Contemporary African History (Lexington Books, 2019) and co-editor of Routledge Handbook of
the Horn of Africa
.
Cuadernos de Política Exterior Argentina (Nueva Época), 143, Enero-Junio 2026
ISSN 1852-7213 (edición en línea)
Abstract
Since 2018, Ethiopia has undergone a profound political, economic, and geopolitical transformation
under the leadership of Abiy Ahmed. This article examines four interconnected dimensions of this
process: (1) the reconfiguration of the Ethiopian state following the collapse of the Ethiopian People's
Revolutionary Democratic Front (EPRDF) political order; (2) the transformation of the energy sector
through the Grand Ethiopian Renaissance Dam (GERD) and the country's green development strategy;
(3) the urban transformation of Addis Ababa as a contested space of political authority, identity, and
state-building; and (4) the increasing fragmentation of state authority alongside the intensification of
regional geopolitical competition, particularly through the growing involvement of Gulf actors in the
Horn of Africa. The article argues that contemporary Ethiopia represents a case of "exceptionalism in
crisis," in which long-standing narratives of state continuity, developmental success, and regional
leadership increasingly collide with structural constraints stemming from ethnic federalism, institutional
fragility, armed conflict, and shifting regional power dynamics. Rather than interpreting developments
under Abiy Ahmed as a simple transition toward democratization or authoritarian restoration, the article
conceptualizes the post-2018 period as an ongoing and unstable process of state reconfiguration in which
modernization projects coexist with deepening political fragmentation. By integrating domestic political
transformation, developmental strategies, urban politics, security challenges, and regional geopolitics
into a single analytical framework, the article contributes to broader debates on state-building, political
legitimacy, and governance in contemporary Africa.
Keywords: Ethiopia; Abiy Ahmed; state transformation; ethnic federalism; GERD; Addis Ababa; Horn
of Africa; geopolitics; state-building; political violence.
Resumen
Desde 2018, Etiopía ha experimentado una profunda transformación política, económica y geopolítica
bajo el liderazgo de Abiy Ahmed. Este artículo analiza cuatro dimensiones interrelacionadas de este
proceso: (1) la reconfiguración del Estado etíope tras el colapso del orden político construido por el
Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope (EPRDF); (2) la transformación del sector
energético a través de la Gran Presa del Renacimiento Etíope (GERD) y la estrategia nacional de
economía verde; (3) la transformación urbana de Addis Abeba como espacio de disputa política,
identitaria y de construcción estatal; y (4) la creciente fragmentación de la autoridad estatal junto con la
intensificación de la competencia geopolítica regional, especialmente mediante la creciente implicación
de los Estados del Golfo en el Cuerno de África. El artículo sostiene que la Etiopía contemporánea
constituye un caso de «excepcionalismo en crisis», en el que las narrativas históricas de continuidad
estatal, desarrollo y liderazgo regional chocan cada vez más con limitaciones estructurales derivadas del
federalismo étnico, la fragilidad institucional, los conflictos armados y la reconfiguración del entorno
geopolítico regional. Más que interpretar el período iniciado en 2018 como una transición lineal hacia
la democratización o una simple restauración autoritaria, el artículo lo concibe como un proceso abierto
e inestable de reconfiguración estatal, en el que los ambiciosos proyectos de modernización coexisten
con una creciente fragmentación política. Al integrar la transformación política interna, las estrategias
de desarrollo, la política urbana, la seguridad y la geopolítica regional en un único marco analítico, el
estudio contribuye a los debates contemporáneos sobre la construcción del Estado, la legitimidad política
y la gobernanza en África.
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Palabras clave: Etiopía; Abiy Ahmed; transformación del Estado; federalismo étnico; GERD; Addis
Abeba; Cuerno de África; geopolítica; construcción estatal; violencia política.
TRABAJO RECIBIDO: 27/4/2026 TRABAJO ACEPTADO: 14/6/2026
Esta obra está bajo una licencia internacional https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0/
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Introducción: excepcionalismo, Estado y crisis en Etiopía
Etiopía ocupa un lugar específico en la historia política africana. A diferencia de la
mayoría de los Estados del continente, su trayectoria no está directamente vinculada al proceso
colonial europeo, lo que ha contribuido a la construcción de una narrativa de excepcionalismo
estatal. Esta narrativa se sustenta en elementos históricos como la victoria en Adwa (1896), la
continuidad institucional del Estado imperial y el papel de Addis Abeba como capital
diplomática africana (Clapham 2018; Markakis 2011).
Sin embargo, este excepcionalismo ha coexistido con profundas tensiones internas,
especialmente en relación con la integración de múltiples comunidades étnicas en un mismo
marco estatal. Como señala, por ejemplo, Bach (2015) o Markakis (2010), el Estado etíope ha
sido históricamente un proyecto político en constante negociación, caracterizado por ciclos de
centralización y contestación periférica, y las relaciones entre el centro y la periferia pueden
complicar más el futuro del país.
La adopción del federalismo étnico tras la caída del régimen del Derg en 1991 representó
un intento de resolver estas tensiones mediante el reconocimiento institucional de las
nacionalidades. No obstante, este modelo también contribuyó a la politización de la identidad,
lo que dio lugar a nuevas formas de competencia política y territorial.
En este contexto, la llegada de Abiy Ahmed al poder en 2018 marcó un punto de inflexión.
Su ascenso reflejó tanto la crisis del modelo político anterior como la emergencia de nuevas
dinámicas sociales y políticas. Sin embargo, lejos de consolidar una transición estable, el
período posterior a 2018 ha estado marcado por una creciente fragmentación del Estado y por
la intensificación de conflictos internos.
Este artículo adopta un enfoque analítico e interpretativo para examinar la transformación
del Estado etíope bajo el liderazgo de Abiy Ahmed desde 2018. Más que evaluar una única
dimensión del cambio político, el objetivo es analizar cómo distintos procesos —políticos,
económicos, urbanos y geopolíticos— interactúan entre sí y contribuyen a redefinir la posición
de Etiopía tanto a nivel interno como regional. El argumento central sostiene que Etiopía
atraviesa una fase de profunda reconfiguración estatal caracterizada por una tensión creciente
entre ambiciosos proyectos de modernización y persistentes limitaciones estructurales
vinculadas al federalismo étnico, la fragmentación institucional y la transformación del entorno
geopolítico regional.
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La estructura del artículo refleja esta lógica analítica. En primer lugar, se examina la
reconfiguración del Estado etíope tras la llegada de Abiy Ahmed al poder, prestando especial
atención a la crisis del orden político construido por el EPRDF, la creación del Partido de la
Prosperidad y las transformaciones en las fuentes de legitimidad estatal. En segundo lugar, se
analiza la transformación del sector energético a través de la Gran Presa del Renacimiento
Etíope (GERD) y de la estrategia de economía verde, entendidas como expresiones de las
aspiraciones desarrollistas y de construcción estatal. La tercera sección aborda Addis Abeba
como espacio privilegiado para observar las interacciones entre urbanización, identidad y
conflicto político, mientras que la cuarta examina la creciente fragmentación de la autoridad
estatal, la proliferación de actores armados y la crisis del monopolio de la violencia. Finalmente,
el artículo sitúa estas dinámicas en el contexto más amplio de la reconfiguración geopolítica
del Cuerno de África, destacando el papel creciente de los actores del Golfo y la transformación
de las relaciones regionales.
A través de estas cuatro dimensiones interrelacionadas, el artículo busca mostrar que las
transformaciones impulsadas desde 2018 no constituyen fenómenos aislados, sino
manifestaciones de un proceso más amplio de redefinición del Estado etíope. La energía, la
urbanización, la seguridad y la geopolítica aparecen así como ámbitos distintos pero
estrechamente conectados, cuya interacción permite comprender mejor tanto las ambiciones
como las limitaciones del proyecto político contemporáneo en Etiopía.
Abiy Ahmed y la reconfiguración del Estado etíope
La llegada de Abiy Ahmed al poder en abril de 2018 fue presentada, tanto dentro como
fuera de Etiopía, como el inicio de una nueva etapa histórica. Su ascenso condensó expectativas
de apertura política, de reconciliación nacional, de reforma económica y de reposicionamiento
regional. Sin embargo, una lectura más detenida muestra que el “momento Abiy” no puede
entenderse como una ruptura simple con el pasado, sino como el resultado de una crisis
acumulada del orden político construido por el Frente Democrático Revolucionario del Pueblo
Etíope (EPRDF) desde 1991. El problema central no era únicamente el agotamiento de una
coalición gobernante, sino la erosión simultánea de los mecanismos distributivos, ideológicos
y coercitivos que habían sostenido el proyecto estatal etíope durante casi tres décadas. En ese
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sentido, Abiy Ahmed emergió no solo como reformador, sino también como heredero de una
estructura estatal en crisis (Lavers 2023; Fisher y Gebrewahd 2019).
La crisis del EPRDF y las condiciones de posibilidad del ascenso de Abiy
Durante muchos años, el EPRDF fue considerado uno de los ejemplos más sólidos de
“Estado desarrollista” en África. Su legitimidad descansaba en una combinación particular de
crecimiento económico, control territorial, capacidad burocrática y un discurso revolucionario
transformado gradualmente en una narrativa de desarrollo y estabilidad. No obstante, como ha
mostrado Lavers, ese orden político dependía de un delicado equilibrio distributivo: acceso a
tierra, empleo público, expansión educativa, obra pública y redes de patronazgo territorial.
Cuando ese equilibrio comenzó a resquebrajarse, también empezó a erosionarse la base social
del régimen (Lavers 2023).
La crisis se volvió visible con las protestas que estallaron en Oromía en 2015 y luego se
expandieron a otras regiones, especialmente Amhara (Záhořík 2017). Estas movilizaciones no
fueron simplemente episodios de protesta coyuntural, sino la expresión de una crisis más
profunda del pacto político posterior a 1991. En Oromía confluyeron el malestar por la
desigualdad en el acceso a los beneficios del crecimiento, los agravios históricos vinculados
con la tierra y una creciente percepción de exclusión frente a un aparato estatal todavía asociado,
en el imaginario político de amplios sectores, con la hegemonía tigrayana. Fisher y Gebrewahd
subrayan que la renuncia de Hailemariam Desalegn en febrero de 2018 fue la señal más clara
de que el sistema ya no podía contener la presión acumulada tanto dentro como fuera del partido
(Fisher y Gebrewahd 2019). El ascenso de Abiy Ahmed, por lo tanto, no fue un accidente ni
una mera sustitución de élites. Fue el resultado de una reconfiguración intrapartidaria dentro de
la coalición gobernante, en la que el componente oromo adquirió una capacidad decisiva para
redefinir el centro del poder. Pero Abiy no llegó como representante puro del nacionalismo
oromo ni como simple reformista liberal. Llegó como figura híbrida: formado dentro del aparato
del EPRDF, con trayectoria en los servicios de inteligencia y defensa, y capaz de articular un
lenguaje que combinaba reconciliación, unidad nacional, moralización de la política y promesa
de prosperidad. Esa combinación, precisamente, explica buena parte de su atractivo inicial y
también de sus contradicciones posteriores.2.2 Reformas iniciales y apertura política.
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Apertura política y nuevas incertidumbres
En sus primeros meses, Abiy impulsó una agenda reformista de alto impacto simbólico y
político: la liberación de presos políticos, el retorno de exiliados, la reapertura del espacio
mediático, la legalización de organizaciones opositoras y el acercamiento diplomático con
Eritrea. En términos comparativos, el caso etíope pareció mostrar una apertura rápida desde
arriba, diseñada para descomprimir un sistema bloqueado antes de que este colapsara
violentamente. Aly Verjee ha descrito el proceso etíope de 2018 como una transición incierta,
marcada por altas expectativas sociales y una institucionalización débil, muy distinta de una
transición pactada o plenamente negociada (Verjee 2021).
Sin embargo, la apertura no produjo una democratización lineal. Jon Abbink (2025) ha
insistido en que la liberalización política en contextos de fragmentación estatal, fuertes
identidades politizadas y debilidad institucional puede desencadenar nuevas formas de conflicto
si no existe una arquitectura de arbitraje lo suficientemente robusta. En Etiopía, la apertura
permitió el retorno de demandas reprimidas, pero no se establecieron reglas compartidas para
procesarlas. Lo que se produjo fue, en gran medida, una descompresión del sistema, sin una
nueva estructura de autoridad consensuada. El resultado fue una multiplicación de disputas
sobre representación, territorio, memoria histórica y legitimidad.
En este punto, es importante subrayar que la crisis etíope no puede reducirse a la clásica
oposición entre democratización y autoritarismo. El problema fue más complejo: el
desmantelamiento parcial de los mecanismos de control del EPRDF ocurrió antes de que
emergiera un nuevo orden político estable. En otras palabras, la transición abrió el campo
político, pero no resolvió la pregunta fundamental sobre quién representaba legítimamente al
Estado, cómo debían equilibrarse la unidad y el pluralismo, y qué lugar ocuparía el federalismo
étnico en la nueva etapa.
Del EPRDF al Partido de la Prosperidad
La disolución del EPRDF y la creación del Partido de la Prosperidad en 2019
constituyeron el acto político más decisivo del primer período de Abiy. Esta reorganización no
fue un mero cambio de siglas. Significó el intento explícito de superar el modelo de coalición
étnico-partidaria que había estructurado el poder desde 1991 y sustituirlo por una fuerza
unificada y nacional. Para sus defensores, ello implicaba dejar atrás la fragmentación
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institucionalizada del federalismo partidario del EPRDF. Para sus críticos, en cambio, implicaba
una recentralización del poder bajo un nuevo lenguaje.
Fisher y Gebrewahd ya advertían, desde 2019, que la relación entre Abiy y el TPLF estaba
cargada de antagonismo estratégico y simbólico, y que la recomposición del centro implicaba
necesariamente la pérdida de influencia de la élite tigrayana que había dominado el aparato
federal durante décadas (Fisher y Gebrewahd 2019).
El rechazo del TPLF a integrarse en el nuevo partido mostró que no se trataba solo de una
disputa organizativa, sino de una pugna por el significado mismo del Estado etíope: ¿debía
Etiopía avanzar hacia una política más centralizada y nacional o preservar la lógica
multinacional y pactada del federalismo de 1995?
Varios autores han señalado que muchas de las tensiones posteriores a 2018 pueden leerse
como resultado de ese doble movimiento: por un lado, una fatiga evidente con el
etnofederalismo realmente existente; por otro, el temor de múltiples actores regionales a que la
crítica al etnofederalismo sirviera de vehículo para restaurar formas históricas de centralización
(Záhořík 2017; Clapham 2017; Asnake 2013). El Partido de la Prosperidad intentó presentarse
como la superación del viejo orden, pero nunca logró disipar por completo la sospecha de que
su universalismo nacional ocultaba una reconfiguración vertical del poder. Esta percepción fue
particularmente intensa en Tigray, aunque también encontró ecos en Oromía y, más tarde, en
Amhara.
Medemer como ideología de transición?
El concepto de medemer, convertido en emblema intelectual del nuevo gobierno, ocupó
un lugar central en el intento de Abiy de dotar de coherencia moral e ideológica a la transición.
Traducido aproximadamente como “sinergia”, “suma” o “convergencia”, medemer fue
presentado como una filosofía política orientada a superar la polarización, a armonizar las
diferencias y a construir una Etiopía renovada. No obstante, desde temprano surgieron dudas
sobre su densidad programática real y su uso político efectivo (Záhořík, Ylönen, Lego 2025).
Desde un punto de vista discursivo, el medemer funcionó muy bien como lenguaje de
conciliación nacional. Permitía desplazar el debate de los agravios históricos y de la
competencia étnica hacia la cooperación, la productividad, la reconciliación y la prosperidad
compartida. Pero precisamente por su plasticidad, el concepto también se volvió
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extraordinariamente ambiguo. Para algunos sectores, medemer ofrecía una salida posétnica;
para otros, era un dispositivo retórico que evitaba enfrentar las asimetrías reales de poder y las
heridas históricas no resueltas.
A ello se sumó otra dimensión importante: la impronta religiosa y moral del discurso de
Abiy. Terje Østebø ha mostrado que el nuevo primer ministro introdujo en la política etíope una
presencia religiosa mucho más visible que la de sus predecesores del EPRDF, cuya retórica
había sido más cuidadosamente secular. En el caso de Abiy, su identidad pentecostal y el uso
reiterado de nociones como esperanza, redención, prosperidad y transformación personal dieron
a su discurso político una tonalidad moral y casi salvífica (Østebø 2025).
Esto no significa que Abiy busque simplemente “pentecostalizar” el Estado. Más bien,
como sugiere Østebø, usó la religión de manera inclusiva y estratégica, presentándola como un
recurso moral para la renovación nacional. Pero el efecto político fue claro: la figura del líder
dejó de apoyarse únicamente en la racionalidad desarrollista del EPRDF y pasó a incorporar
una dimensión carismática, ética y redentora. En una sociedad atravesada por la fatiga política
y las demandas de cambio, este giro inicialmente fortaleció su legitimidad (Østebø 2025). A
largo plazo, sin embargo, también elevó desmesuradamente las expectativas sobre su capacidad
para reconciliar contradicciones estructurales que, en realidad, excedían a cualquier liderazgo
individual.
Abiy, religión y reconfiguración del imaginario estatal
La dimensión religiosa del liderazgo de Abiy merece atención adicional porque ayuda a
explicar la peculiar combinación entre la centralización política y el lenguaje de esperanza que
caracterizó su primer período. Según Østebø, la novedad no radicó solo en la fe personal del
primer ministro, sino en la manera en que esa fe se articuló con una visión nacional de
prosperidad, orden y regeneración moral (Østebø 2025).
En contraste con el EPRDF, que había evitado integrar abiertamente referencias religiosas
en su discurso oficial, Abiy convirtió la dimensión espiritual en una parte del estilo de gobierno.
Esto tuvo varias implicancias. Primero, reforzó la personalización del poder. Segundo, facilitó
una narrativa de transformación nacional que situaba al líder en el centro de una empresa moral
colectiva. Tercero, contribuyó a reposicionar la idea de Etiopía no solo como proyecto político-
administrativo, sino también como comunidad de destino que debía regenerarse. Záhořík,
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Ylönen y Lego (2025) han mostrado, en una línea parcialmente convergente, que el gobierno
de Abiy reactivó con intensidad elementos del panafricanismo y del panetiopeanismo,
presentando a Etiopía como referente histórico y moral, aunque esa retórica, paradójicamente,
terminó por intensificar las disputas identitarias en vez de resolverlas.
Dicho de otro modo, la reconfiguración del Estado bajo Abiy no fue solo institucional;
también fue simbólica. Se intentó pasar de un Estado legitimado por el desarrollo y el control
partidario a otro legitimado por la promesa de unidad, prosperidad, redención y grandeza
histórica. El problema fue que ese nuevo imaginario no eliminó las estructuras de competencia
existentes. Al contrario, en varios casos las exacerbó, porque cada actor reinterpretó el nuevo
lenguaje desde sus propios miedos, agravios y proyectos.
La guerra en Tigray como ruptura del pacto estatal
La guerra de Tigray, iniciada en noviembre de 2020, debe entenderse como el punto de
quiebre del proyecto reformista inicial. Aunque el conflicto tuvo detonantes inmediatos, sus
raíces se encontraban en la ruptura progresiva entre el centro reconstituido bajo Abiy y el TPLF,
que había pasado de núcleo dirigente del orden federal a actor regional insurgente. Tronvoll ha
mostrado que la disputa por la legitimidad electoral en 2020 —incluida la decisión de Tigray
de celebrar elecciones regionales propias pese al aplazamiento federal— fue determinante para
transformar la competencia política en una lógica de guerra (Tronvoll 2024).
Lo crucial aquí no es solo el estallido del conflicto, sino lo que reveló sobre la transición
etíope. Mostró primero que ya no existía una autoridad federal aceptada por todos los actores
principales. Mostró, en segundo lugar, que el Estado no había resuelto la tensión entre la
pluralidad territorial y el mando central. Y mostró, tercero, que la transición post-2018 no había
creado un mecanismo compartido para arbitrar disputas existenciales entre élites armadas.
Záhořík y Godesso (2025) insisten en que Tigray no fue simplemente una guerra regional,
sino el catalizador de una crisis nacional de múltiples capas: inseguridad, inflación,
militarización social, deterioro del tejido interétnico, desconfianza entre las élites y
debilitamiento de la proyección regional etíope. En esa lectura, la guerra no interrumpió una
transición exitosa; más bien expuso brutalmente sus contradicciones de origen.
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La paradoja de Abiy: reformador, constructor de partido y líder de guerra
A esta altura, la figura de Abiy Ahmed se caracteriza por una paradoja central. Fue el
dirigente que encarnó la demanda de apertura en 2018, pero también quien presidió el colapso
de la transición reformista en medio de una guerra devastadora. Fue el líder que prometió la
reconciliación nacional, pero también quien impulsó una reorganización del poder, percibida
por muchos como excluyente. Fue el político que quiso superar la lógica del EPRDF, pero
terminó reproduciendo algunos de sus rasgos más decisivos: centralización, personalización del
mando y priorización de la cohesión estatal sobre la negociación pluralista.
No se trata de una contradicción puramente personal. Refleja, más bien, los límites
estructurales para gobernar Etiopía desde un centro que pretende, simultáneamente, liberalizar,
recentralizar, moralizar y transformar. La crisis del EPRDF abrió el espacio para una nueva
imaginación política, pero también dejó tras de sí un Estado cuyos instrumentos de mediación
estaban debilitados. Abiy intentó llenar ese vacío con carisma, ideología de transición, reforma
partidaria y lenguaje de unidad. Durante un breve momento, eso pareció suficiente. Después
dejó de serlo.
En este sentido, la reconfiguración del Estado etíope bajo Abiy Ahmed no debe verse
como una simple transición del autoritarismo a la apertura ni como una mera restauración
centralizadora. Fue una lucha por redefinir la arquitectura misma del Estado, el equilibrio entre
nación y nacionalidades, la relación entre legitimidad moral y legitimidad institucional, y el
lugar de Etiopía en su propia historia. Precisamente por eso, el balance del período 2018–
presente no puede reducirse a una dicotomía entre éxito y fracaso: debe leerse como un proceso
de transformación estatal profundamente inestable, cuyas consecuencias siguen abiertas.
Transformación energética, GERD y política verde en Etiopía
La transformación del sector energético constituye uno de los pilares fundamentales del
proyecto estatal etíope contemporáneo. Desde el período del EPRDF, la infraestructura
energética —y particularmente la hidroelectricidad— ha sido concebida no solo como un
instrumento para promover el crecimiento económico, sino también como un mecanismo de
integración territorial, de consolidación estatal y de proyección regional. Como señala Lavers
(2023), el Estado desarrollista etíope vinculó estrechamente la expansión de la infraestructura
con la construcción de legitimidad política, convirtiendo las grandes obras públicas en símbolos
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visibles de modernización. Bajo el liderazgo de Abiy Ahmed, esta estrategia no solo ha
continuado, sino que ha adquirido nuevas dimensiones relacionadas con la sostenibilidad
ambiental, la soberanía nacional y la búsqueda de liderazgo regional en materia energética.
La apuesta por la hidroelectricidad se sustenta en una ventaja estructural significativa.
Etiopía posee uno de los mayores potenciales hidroeléctricos de África, estimado en más de
45.000 MW (Cascão y Nicol 2016). Desde principios de la década de 2000, los gobiernos
etíopes identificaron este recurso como la base de una transformación económica de largo plazo
orientada a la industrialización, la electrificación rural y la exportación regional de energía. En
este sentido, la política energética debe entenderse como parte integral del modelo de Estado
desarrollista etíope, caracterizado por una fuerte intervención estatal en sectores estratégicos y
por la utilización de grandes proyectos de infraestructura como instrumentos de construcción
nacional (Lavers 2023; Clapham 2018).
La llegada de Abiy Ahmed introdujo una nueva dimensión discursiva en este proyecto.
Mientras que el EPRDF enfatizaba principalmente el crecimiento económico y la
transformación estructural, el nuevo gobierno incorporó con mayor intensidad elementos
vinculados a la economía verde, la sostenibilidad y la resiliencia climática. La energía renovable
pasó a ser presentada no solo como un recurso económico, sino también como un componente
central de la imagen internacional de Etiopía como potencia africana emergente y líder en la
lucha contra el cambio climático (Mlambo y Masuku 2025).
No obstante, este cambio también conlleva riesgos. La ausencia de un acuerdo vinculante
sobre el llenado y operación de la presa mantiene un nivel de tensión permanente. Además, la
instrumentalización política del proyecto en los discursos nacionales de Etiopía y Egipto
dificulta asumir compromisos técnicos. Desde una perspectiva más amplia, la GERD ilustra
cómo los recursos naturales pueden convertirse tanto en vectores de poder estatal como en
fuentes de conflicto en contextos de interdependencia regional.
En conjunto, la transformación energética en Etiopía puede entenderse como un intento
de reconstruir la legitimidad estatal mediante el desarrollo. La energía no es solo un recurso
económico, sino también un instrumento político que conecta crecimiento, soberanía y
proyección internacional.
Sin embargo, este modelo enfrenta una tensión fundamental: su éxito depende de la
estabilidad política, pero al mismo tiempo, la crisis política limita su implementación. Esta
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paradoja refleja las dificultades inherentes a la construcción estatal en contextos de
transformación acelerada.
Addis Abeba: urbanismo, identidad y disputa política en el Estado etíope
contemporáneo
La transformación urbana de Addis Abeba constituye uno de los ejes más reveladores
para comprender las tensiones estructurales del Estado etíope contemporáneo. Más allá de su
función administrativa, la capital representa un espacio donde convergen procesos históricos de
expansión estatal, disputas identitarias, dinámicas económicas y proyectos políticos en
competencia. En este sentido, Addis Abeba no es simplemente un escenario urbano, sino un
campo de batalla simbólico y material donde se negocia el significado mismo de Etiopía como
comunidad política.
Fundada a finales del siglo XIX bajo el emperador Menelik II, Addis Abeba fue, desde su
origen, un proyecto político. Su establecimiento como capital formó parte de la expansión del
Estado imperial hacia el sur, integrando territorios habitados por poblaciones oromo en un
sistema político centralizado. Esta dimensión histórica es crucial para comprender las tensiones
contemporáneas. Para sectores del nacionalismo oromo, Addis Abeba no es solo una capital
nacional, sino también un territorio ancestral incorporado al Estado etíope en condiciones
desiguales. Para la narrativa pan-etíope, en cambio, la ciudad simboliza la unidad nacional, la
modernidad y el papel de Etiopía como centro político de África (Pellerin y Elfversson 2023).
Estas dos visiones no son fácilmente reconciliables, y su coexistencia constituye una de las
tensiones estructurales del sistema político etíope.
Desde principios del siglo XXI, Addis Abeba ha experimentado un proceso de
urbanización acelerada, impulsado por el crecimiento económico, la migración interna y la
expansión de proyectos de infraestructura. Bajo el modelo desarrollista del EPRDF, la ciudad
fue concebida como un motor de modernización, con inversiones en vivienda, transporte y
servicios.
Sin embargo, este proceso también generó profundas desigualdades. La expansión urbana
estuvo acompañada de desplazamientos de poblaciones rurales, de especulación inmobiliaria y
de una creciente segmentación socioespacial. Como han señalado diversos estudios sobre
urbanización en África, las ciudades en contextos de crecimiento rápido tienden a reproducir
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desigualdades estructurales, especialmente cuando la planificación urbana está centralizada y
poco participativa. En el caso etíope, estas dinámicas adquirieron una dimensión política
específica debido a la relación entre la capital y el estado regional de Oromía.
El Addis Ababa Masterplan y el estallido de las protestas
El intento de implementar el denominado Addis Ababa Masterplan a mediados de la
década de 2010 representó un punto de inflexión. El proyecto buscaba ampliar los límites
administrativos de la capital hacia las áreas circundantes de Oromía, con el objetivo de facilitar
el crecimiento urbano y la planificación regional. Sin embargo, la propuesta fue percibida por
amplios sectores de la población oromo como una amenaza directa a sus derechos territoriales.
Las protestas que estallaron en 2015 no fueron simplemente una reacción al plan urbanístico en
sí, sino la expresión de agravios históricos más profundos relacionados con la tierra, la identidad
y la marginalización política (Záhořík 2017; Pellerin y Elfversson 2023).
Las entrevistas recogidas en investigaciones recientes reflejan estas percepciones con
claridad. Los participantes destacan la falta de una compensación adecuada para las
comunidades desplazadas, así como la ausencia de mecanismos de consulta efectiva en el
proceso de planificación urbana. El Masterplan se convirtió así en un catalizador de
movilización política, contribuyendo directamente a la crisis que condujo al ascenso de Abiy
Ahmed.
Addis Abeba como espacio de disputa identitaria: Finfinne vs. capital nacional
La disputa sobre el estatus de Addis Abeba refleja una tensión central del federalismo
etíope: la coexistencia de un proyecto nacional con reivindicaciones territoriales basadas en la
identidad. Para el nacionalismo oromo, Finfinne es un símbolo de reivindicación histórica. La
demanda no se limita a la restitución territorial, sino que incluye el reconocimiento cultural, el
acceso equitativo a los recursos y la participación política en la gobernanza de la ciudad.
Por otro lado, la visión pan-etíope concibe Addis Abeba como una capital supraétnica,
perteneciente a toda la nación. Desde esta perspectiva, cualquier intento de “etnización” de la
ciudad se percibe como una amenaza para la unidad nacional.
Como señala Záhořík (2017), esta tensión refleja un problema estructural del federalismo
etíope: la dificultad para definir la relación entre los territorios étnicos y los espacios nacionales
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compartidos. Addis Abeba, como capital federal situada en Oromía, encarna esta contradicción
de manera particularmente intensa.
La urbanización en Addis Abeba no puede entenderse únicamente en términos de
infraestructura. También implica transformaciones profundas en las relaciones sociales,
económicas y culturales. El desplazamiento de comunidades rurales, la transformación de
modos de vida y la creciente desigualdad urbana generan tensiones que pueden traducirse en
conflictividad política. En este sentido, el espacio urbano se convierte en un reflejo de las
contradicciones del modelo de desarrollo. Las entrevistas recogidas muestran cómo estas
dinámicas son percibidas a nivel local: la pérdida de tierras agrícolas no solo afecta la economía
familiar, sino también la identidad y el sentido de pertenencia
En el contexto de la crisis política posterior a 2018, Addis Abeba ha adquirido una
importancia aún mayor como espacio estratégico. La ciudad no solo es el centro del poder
político, sino también un escenario clave para la movilización social, la construcción de
narrativas nacionales y la disputa simbólica entre diferentes proyectos de Estado.
Como argumenta Záhořík (2017), la capital etíope se ha convertido en un “campo de
batalla simbólico”, donde se enfrentan visiones contrapuestas sobre el pasado, el presente y el
futuro del país. La transformación urbana de Addis Abeba ilustra con especial claridad la tesis
central de este artículo: el excepcionalismo etíope se encuentra en crisis. La ciudad, que durante
décadas simbolizó la unidad nacional y el liderazgo africano, se ha convertido en un espacio
donde se manifiestan las fracturas del Estado. La coexistencia de proyectos urbanos
modernizadores con dinámicas de exclusión y conflicto refleja las tensiones inherentes al
proceso de transformación estatal.
Fragmentación estatal, violencia y crisis del monopolio de la fuerza
La evolución de Etiopía desde 2018 no puede entenderse sin analizar la creciente
fragmentación del aparato estatal y la expansión de múltiples formas de violencia organizada.
Aunque el acuerdo de Pretoria de noviembre de 2022 puso fin formalmente a la guerra en
Tigray, el país no ha entrado en una fase de estabilización, sino en una nueva etapa caracterizada
por la multiplicación de conflictos subestatales, la proliferación de actores armados y la erosión
progresiva del monopolio estatal de la violencia.
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Lejos de ser una anomalía coyuntural, esta situación refleja una transformación
estructural del Estado etíope. Etiopía se encuentra inmersa en una “crisis interconectada”, en la
que factores políticos, económicos, identitarios y de seguridad se refuerzan mutuamente. El
conflicto en Tigray (2020–2022) constituye el evento central que redefinió el panorama político
etíope contemporáneo. Aunque sus causas inmediatas incluyen la disputa electoral y la ruptura
entre el gobierno federal y el TPLF, sus raíces son más profundas.
Como argumenta Tronvoll (2020), la guerra debe entenderse como el resultado de una
crisis acumulativa del sistema político etíope, en la que convergen disputas sobre la naturaleza
del Estado, el equilibrio de poder entre las regiones y el legado del federalismo étnico. La
militarización del conflicto —que involucró no solo al ejército federal, sino también a fuerzas
regionales y actores externos como Eritrea— evidenció la fragilidad de las instituciones
estatales.
Además, la guerra tuvo consecuencias devastadoras en los ámbitos humanitario,
económico y político. La destrucción de infraestructura, el desplazamiento masivo de población
y la interrupción de cadenas productivas afectaron gravemente la capacidad del Estado para
operar de manera efectiva. Pero quizás su efecto más duradero fue simbólico: la guerra en
Tigray marcó la ruptura del consenso mínimo sobre la integridad del Estado etíope como
proyecto compartido.
Post-Pretoria: del conflicto centralizado a la violencia difusa
El acuerdo de Pretoria puso fin a las hostilidades abiertas entre el gobierno federal y el
TPLF, pero no resolvió las tensiones estructurales que habían dado origen al conflicto. En lugar
de una transición hacia la estabilidad, Etiopía ha experimentado una fragmentación de la
violencia.
En Oromía, la actividad del Ejército de Liberación Oromo (OLA) ha continuado, con
operaciones en zonas rurales y ataques contra infraestructuras y fuerzas estatales. En Amhara,
el surgimiento y expansión de las milicias Fano ha reflejado una creciente desconfianza hacia
el gobierno central, especialmente en relación con la reconfiguración del aparato de seguridad.
La expansión de las milicias locales constituye uno de los rasgos más significativos de la crisis
actual. Estas milicias no son meros actores militares, sino que, en muchos casos, desempeñan
funciones de gobernanza en ausencia del Estado.
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El caso de las Fano en Amhara es particularmente ilustrativo. Originalmente movilizadas
como fuerzas auxiliares en el conflicto de Tigray, estas milicias han adquirido autonomía
política y militar, articulando un discurso nacionalista amhara que cuestiona tanto el
federalismo étnico como el gobierno central.
En Oromía, el OLA combina la insurgencia armada con reivindicaciones políticas
vinculadas a la autodeterminación oromo. Aunque su capacidad militar es desigual, su
persistencia refleja la incapacidad del Estado para consolidar el control territorial.
Estos fenómenos pueden interpretarse en términos de lo que algunos autores denominan
“gobernanza armada”: la provisión de seguridad, justicia y orden por parte de actores no
estatales en contextos de debilidad institucional. Este tipo de gobernanza no sustituye por
completo al Estado, pero sí lo desafía y genera un sistema híbrido de autoridad.
Identidad, territorio y violencia
La violencia en Etiopía no puede entenderse únicamente en términos de lucha por el poder
político. Está profundamente vinculada a la relación entre identidad y territorio, un elemento
central del federalismo etíope. Como señala Asnake (2013), el diseño del sistema federal ha
reforzado la asociación entre la etnicidad y el territorio, lo que convierte cualquier disputa
territorial en una cuestión identitaria. En este contexto, los conflictos locales pueden escalar
rápidamente y adquirir dimensiones nacionales.
El caso de Welkait, disputado entre Tigray y Amhara, ilustra esta dinámica. Más allá de
su valor estratégico, el territorio se ha convertido en símbolo de reivindicación histórica y de
lucha por el reconocimiento. De manera similar, los conflictos en Oromía reflejan tensiones
entre distintos grupos y narrativas sobre la pertenencia, la autonomía y el control de los recursos
(Labzaé 2025).
La fragmentación política y la violencia han tenido efectos directos en la economía etíope.
Aunque el país había experimentado décadas de crecimiento sostenido, la combinación de
guerra, pandemia y crisis global ha provocado un deterioro significativo.
La inflación, la escasez de divisas y la disminución de inversión extranjera han afectado
gravemente las condiciones de vida, especialmente en áreas urbanas. Este deterioro económico
tiene implicaciones políticas importantes. El modelo desarrollista del EPRDF se basaba en un
“contrato social implícito”: crecimiento económico a cambio de control político. La crisis actual
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ha debilitado este contrato, lo que ha reducido la capacidad del Estado para mantener su
legitimidad (Záhořík y Ylönen 2025).
La crisis de seguridad en Etiopía refleja una transformación más amplia del Estado.
Tradicionalmente, el Estado etíope se caracterizaba por una fuerte capacidad coercitiva, incluso
en contextos de legitimidad democrática limitada. En la actualidad, esta capacidad se ha
erosionado. El Estado ya no puede garantizar seguridad de manera uniforme en todo el
territorio, ni monopolizar el uso legítimo de la fuerza. Este fenómeno plantea preguntas
fundamentales sobre la naturaleza del Estado etíope: ¿Sigue siendo un Estado centralizado
funcional?
Fragmentación y excepcionalismo en crisis
La crisis de violencia y fragmentación pone en cuestión la narrativa histórica del
excepcionalismo etíope. La imagen de un Estado fuerte, continuo y cohesionado se ve desafiada
por la realidad de un sistema político fragmentado. El caso etíope demuestra que la continuidad
histórica no garantiza la estabilidad política. Al contrario, puede ocultar tensiones profundas
que emergen en momentos de crisis.
Más que un Estado fallido, Etiopía puede entenderse como un sistema en transición, en
el que las reglas del juego aún no están definidas. La coexistencia de instituciones formales,
actores armados y disputas identitarias refleja un proceso de reconfiguración en curso.
El resultado de este proceso es incierto. Puede conducir a una recomposición del Estado
bajo nuevas bases, o a una mayor fragmentación. En cualquier caso, la violencia actual no es
un fenómeno marginal, sino un elemento central en la transformación del Estado etíope.
Geopolítica regional, actores del Golfo y reconfiguración del Cuerno de África
La transformación interna de Etiopía no puede entenderse de manera aislada de los
cambios más amplios que afectan al Cuerno de África. En las últimas dos décadas, esta región
ha pasado de ser percibida principalmente como un espacio de crisis humanitaria y fragilidad
estatal a convertirse en un nodo estratégico en la política global, caracterizado por la
competencia entre actores regionales y extrarregionales. En este contexto, Etiopía ha
desempeñado históricamente un papel central como potencia regional, pero su crisis interna ha
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coincidido con —y en parte ha contribuido a— una reconfiguración más amplia del orden
geopolítico en la región.
El Cuerno de África ocupa una posición geográfica clave, situado entre el Mar Rojo, el
Golfo de Adén y el Océano Índico, en la proximidad de una de las rutas marítimas más
importantes del mundo. Esta ubicación ha convertido a la región en un espacio de interés para
múltiples actores, desde potencias globales hasta Estados del Golfo y actores regionales
africanos (Donelli 2019).
Durante el período del EPRDF, Etiopía logró consolidarse como un actor central en la
región, desempeñando un papel destacado en misiones de paz, cooperación en seguridad y
mediación política. Sin embargo, la crisis interna posterior a 2018 ha debilitado esta posición.
La capacidad de Etiopía para actuar como “proveedor de estabilidad” se ha visto erosionada, lo
que ha abierto espacio para la intervención de nuevos actores y para la reconfiguración de
alianzas regionales.
Uno de los cambios más significativos en la geopolítica del Cuerno de África ha sido la
creciente implicación de los Estados del Golfo, en particular de los Emiratos Árabes Unidos,
Arabia Saudí y Qatar. Esta implicación responde a una combinación de factores estratégicos,
de seguridad marítima y de control de rutas comerciales, de competencia intra-Golfo, de acceso
a recursos y de oportunidades de inversión, y de proyección de poder regional.
La relación entre Etiopía y los Estados del Golfo se ha intensificado en este contexto.
Emiratos Árabes Unidos, en particular, ha desempeñado un papel importante en el apoyo
económico y político al gobierno de Abiy Ahmed, incluyendo inversiones y asistencia
financiera en momentos críticos. No obstante, esta relación no es exenta de tensiones. La
implicación de actores externos introduce nuevas dinámicas de dependencia y competencia,
que pueden afectar la autonomía estratégica de Etiopía (Mason y Mabon 2022).
Uno de los ejes centrales de la reconfiguración geopolítica es la competencia por el
control de infraestructuras estratégicas, en especial los puertos. Etiopía, como país sin salida al
mar desde la independencia de Eritrea en 1993, depende en gran medida del acceso a puertos
extranjeros, principalmente en Yibuti. Esta dependencia ha sido percibida por las élites etíopes
como una vulnerabilidad estratégica. Como resultado, el acceso al mar se ha convertido en una
prioridad de la política exterior. Los acuerdos con Somalilandia, así como el interés en
desarrollar rutas alternativas hacia el mar, reflejan esta estrategia. Sin embargo, estos
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movimientos han generado tensiones con Somalia y otros actores regionales, lo que evidencia
la complejidad de la geopolítica marítima en el Cuerno de África.
Etiopía, Eritrea y la política regional
La relación entre Etiopía y Eritrea constituye otro elemento clave de la dinámica
geopolítica regional. El acuerdo de paz de 2018 entre Abiy Ahmed e Isaias Afwerki fue
inicialmente percibido como un avance histórico.
Sin embargo, la cooperación militar entre ambos países durante la guerra en Tigray
reconfiguró esta relación, transformándola en una alianza estratégica basada en intereses
comunes, en particular en la oposición al TPLF.
Esta alianza, aunque funcional a corto plazo, plantea interrogantes sobre su sostenibilidad
y sus implicaciones para la estabilidad regional. Como señalan varios estudios, las alianzas en
el Cuerno de África tienden a ser fluidas y contingentes, más que estructurales. La creciente
presencia de actores externos ha contribuido a configurar un entorno geopolítico más complejo
y multipolar. Además de los Estados del Golfo, actores como China, Turquía y Estados Unidos
mantienen intereses significativos en la región (Záhořík y Ylönen 2025; Mason y Mabon 2022).
China ha sido un socio clave en el desarrollo de infraestructura, mientras que Turquía ha
incrementado su presencia mediante inversiones y cooperación en materia de defensa. Estados
Unidos, por su parte, ha desempeñado un papel importante en materia de asistencia y seguridad,
aunque su influencia ha fluctuado.
Esta multiplicidad de actores genera oportunidades, pero también riesgos. La
competencia entre actores externos puede exacerbar las tensiones locales y dificultar la
coordinación regional.
La relación entre la crisis interna de Etiopía y la geopolítica regional es bidireccional. Por
un lado, la inestabilidad interna debilita la posición internacional del país. Por otro, la
competencia geopolítica influye en la dinámica interna, proporcionando recursos, alianzas y
legitimidad a diferentes actores.
En este contexto, Etiopía enfrenta un desafío fundamental: redefinir su papel en un
entorno regional cada vez más competitivo e incierto. Durante décadas, el país fue percibido
como un pilar de estabilidad. Hoy, su propia estabilidad está en cuestión. Sin embargo, su
tamaño, su ubicación y su potencial económico continúan otorgándole una importancia
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estratégica significativa. El futuro de Etiopía como actor regional dependede su capacidad
para estabilizar su situación interna, gestionar relaciones con actores externos y redefinir su
estrategia geopolítica.
La reconfiguración geopolítica del Cuerno de África pone de manifiesto los límites del
excepcionalismo etíope. La idea de Etiopía como potencia regional autónoma y estable se ve
desafiada por la creciente dependencia de actores externos y la erosión de su capacidad interna.
Como en las dimensiones anteriores analizadas en este artículo, la geopolítica refleja una
tensión entre ambición y capacidad, entre narrativa y realidad.
Conclusión: Etiopía y los límites del excepcionalismo en el Cuerno de África
contemporáneo
El análisis desarrollado a lo largo de este artículo permite sostener que la trayectoria
reciente de Etiopía bajo el liderazgo de Abiy Ahmed no puede entenderse como una simple
transición política ni como un caso lineal de reforma o crisis. Más bien, se trata de un proceso
complejo de reconfiguración estatal en el que confluyen dinámicas históricas, estructurales y
coyunturales. La noción de “excepcionalismo etíope”, profundamente arraigada tanto en la
narrativa interna como en las percepciones externas del país, resulta particularmente útil como
punto de partida analítico, pero también revela sus límites al contrastarla con la realidad
contemporánea.
Históricamente, el excepcionalismo etíope se ha sustentado en tres pilares principales: la
continuidad estatal, la independencia frente al colonialismo europeo y el papel del país como
centro político y simbólico de África. Sin embargo, estos elementos, aunque relevantes, no han
sido suficientes para garantizar la estabilidad política ni la cohesión social a largo plazo. Como
ha mostrado la evolución reciente, la persistencia de estructuras históricas de desigualdad,
combinada con la institucionalización de la identidad en el marco del federalismo étnico, ha
generado tensiones que el Estado etíope no ha logrado resolver de manera definitiva.
La llegada de Abiy Ahmed al poder en 2018 representó un intento de reconfigurar este
orden. Su proyecto político, articulado en torno a la idea de medemer, buscaba superar la
fragmentación identitaria y construir una nueva narrativa nacional. No obstante, la
implementación de este proyecto se ha visto limitada por significativas contradicciones
internas. Por un lado, la apertura política inicial permitió la expresión de demandas reprimidas
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durante el período del EPRDF; por otro, la ausencia de instituciones capaces de canalizar estas
demandas contribuyó a la desestabilización del sistema.
La transformación del sistema político, particularmente a través de la creación del Partido
de la Prosperidad, puso en evidencia la dificultad de conciliar centralización y pluralismo en el
contexto etíope. La guerra en Tigray marcó el punto de ruptura más evidente de este proceso,
pero sus efectos han trascendido ese conflicto específico, dando lugar a una configuración más
amplia de violencia fragmentada y competencia entre actores armados.
En este sentido, la crisis de seguridad que enfrenta Etiopía no puede interpretarse como
un fenómeno aislado, sino como una manifestación de una transformación más profunda del
Estado. La erosión del monopolio de la violencia, la proliferación de milicias y la creciente
autonomía de actores subestatales indican que el país se encuentra en una fase de redefinición
de las relaciones entre centro y periferia. Este proceso no implica necesariamente la
desintegración del Estado, pero su reconfiguración en formas que aún no están claramente
definidas.
La dimensión económica y energética añade una capa adicional de complejidad.
Proyectos como la GERD y la estrategia de economía verde reflejan la continuidad del modelo
desarrollista, pero también sus limitaciones. La energía se ha convertido en un instrumento
clave de legitimación estatal y proyección internacional, pero su éxito depende de condiciones
—estabilidad política, capacidad institucional, cooperación regional— que actualmente no
están plenamente garantizadas.
Asimismo, la transformación urbana de Addis Abeba ilustra cómo las dinámicas de
desarrollo pueden convertirse en fuentes de conflicto cuando interactúan con cuestiones de
identidad y territorio. La ciudad, que históricamente simbolizó la unidad nacional, se ha
convertido en un espacio donde se manifiestan las tensiones más profundas del sistema político
etíope.
Finalmente, la dimensión geopolítica muestra que la crisis etíope está intrínsecamente
vinculada a la reconfiguración del Cuerno de África como espacio estratégico. La creciente
implicación de actores del Golfo, la competencia por infraestructuras y el acceso al mar, y la
redefinición de alianzas regionales reflejan un entorno en el que las dinámicas internas y
externas están cada vez más interconectadas.
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En conjunto, estos elementos permiten concluir que Etiopía se encuentra en una fase de
transición estructural en la que las bases del orden político anterior han sido erosionadas, pero
aún no han sido sustituidas por un nuevo equilibrio estable. El excepcionalismo etíope, lejos de
desaparecer, continúa operando como narrativa política, pero ya no puede ocultar las tensiones
profundas que atraviesan el Estado.
Desde una perspectiva más amplia, el caso etíope ofrece importantes lecciones para el
estudio de la política africana contemporánea. En particular, muestra que el crecimiento
económico no es suficiente para garantizar estabilidad política, que la institucionalización de la
identidad puede generar tanto inclusión como conflicto, y que los procesos de reforma en
contextos de alta fragmentación requieren no solo voluntad política, sino también capacidades
institucionales robustas.
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Author Contributions (CRediT)
Authors' Full Names
Academic Contribution
1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14
Jan Záhořík x x x x x x x x x
1 Project administration; 2 Funding acquisition; 3 Formal analysis; 4
Conceptualization; 5 Data curation; 6 — Writing review and editing; 7 Investigation;
8 Methodology; 9 Resources; 10 Writing – original draft; 11 Software; 12
Supervision; 13 — Validation; 14 — Visualization.