Cuadernos de Política Exterior Argentina (Nueva Época), 141, Enero-Junio 2025
ISSN 1852-7213 (edición en línea)
Artículo de opinión
Entre Estados Unidos, China y la Unión Europea: La agencia
latinoamericana en un orden internacional en transición
María Victoria Alvarez
1
Introducción
En un escenario internacional de crecientes tensiones geopolíticas y transformaciones
estructurales, los países de América Latina deben redefinir estrategias de actuación e
inserción internacional. Hasta hace relativamente poco, el orden en transición presentaba dos
líneas de fractura principales: por un lado, un clivaje entre dos Nortes distintos y enfrentados:
el Norte 1 –liderado por Estados Unidos e integrado por el “Occidente no geográfico”– y el
Norte 2 –encabezado por China, con Rusia en el lugar de socio menor. Por otro, una brecha
entre ambos Nortes y un Sur Global heterogéneo (Hirst, Russell, Sanjuan y Tokatlian, 2024).
No obstante, la estrategia desplegada durante el segundo mandato de Donald Trump
orientada a reposicionar a Estados Unidos mediante una agresiva y punitiva política
arancelaria, el distanciamiento entre los socios de la alianza occidental y el acercamiento a
Rusia– introdujo transformaciones significativas en el sistema internacional y dejó una
certeza fundamental: las alianzas se han tornado más volátiles e impredecibles que en
cualquier otro momento reciente, lo que dificulta la adopción de posiciones rígidas.
Para América Latina, este giro estratégico obliga a replantear las dicotomías tradicionales que
durante décadas ordenaron su política exterior, y plantea el desafío de construir nuevos
equilibrios en un escenario internacional marcado no solo por la fluidez de las alianzas, sino
también por el progresivo desdibujamiento de las jerarquías. En este nuevo entorno, se vuelve
crucial interrogarse sobre la capacidad de agencia del Sur global y, en particular, sobre el rol
que América Latina está en condiciones de desempeñar en un tablero donde las certezas
geopolíticas se erosionan a gran velocidad.
1
Docente e investigadora en la Escuela de Relaciones Internacionales. Facultad de Ciencia Política y
Relaciones Internacionales (UNR) e-mail: mavialvarez@gmail.com. ORCID 0000-0002-2203-5082
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El regionalismo latinoamericano se encuentra exhausto, carente de nuevas bases y objetivos
comunes, y ningún liderazgo ha logrado revivirlo, todo lo cual alimenta las tendencias
centrífugas. Un solo dato lo ilustra con claridad: desde 2022, el comercio de los países de la
región con China supera al comercio intrarregional (De la Mora, 2023).
Tampoco en el plano político el panorama es prometedor: ni la CELAC ni los principales
esquemas subregionales atraviesan actualmente una etapa de dinamismo o articulación
efectiva. Lejos de consolidarse como espacios de concertación regional, se encuentran
paralizados o debilitados por divisiones internas y una falta de visión común. Esta
fragmentación no se disipa con los ciclos electorales, sino que se reproduce –y a veces se
acentúa– a pesar de los cambios de signo político, lo que dificulta la construcción de
consensos mínimos y debilita la proyección regional.
Estados Unidos
Estados Unidos cuenta con tratados de libre comercio (TLC) vigentes con once países de la
región. Más allá de los TLC, el país del Norte mantiene mecanismos de cooperación
económica, asistencia técnica y programas bilaterales o regionales (como la Caribbean Basin
Initiative, CAFTA-DR, o iniciativas de seguridad y desarrollo como la Iniciativa Mérida y la
Alianza para la Prosperidad). La influencia estadounidense en la región no solo es económica
sino también estratégica, institucional y cultural, con una tradición de injerencia política y
presencia empresarial significativa.
El segundo mandato de Trump, con su agenda proteccionista reforzada y su desprecio por el
multilateralismo y la cooperación, plantean serios desafíos para la agenda birregional. El
presidente estadounidense ha declarado que América Latina carece de relevancia estratégica,
y sus políticas –e.g. las deportaciones masivas, el endurecimiento de las fronteras y la
imposición o amenaza de aranceles– evidencian que su visión de la región está marcada
principalmente por una lógica de contención y seguridad.
China
China ha suscrito TLC con cinco países de América Latina (Chile, Perú, Nicaragua, Costa
Rica y Ecuador) y mantiene negociaciones activas con Honduras, mientras que el diálogo con
Uruguay y Panamá se encuentra estancado. Este panorama refleja un avance progresivo,
aunque aún limitado en comparación con la presencia estructural que mantiene Estados
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Unidos en la región. No obstante, la adhesión de 23 países latinoamericanos a la Iniciativa de
la Franja y la Ruta constituye un vector clave de proyección china, en términos de inversión
en infraestructura, financiamiento y diplomacia estratégica.
A pesar de su expansión acelerada durante las últimas décadas, la inserción de China en
América Latina continúa siendo selectiva y se basa principalmente en proyectos bilaterales
concentrados en sectores estratégicos como la energía, las telecomunicaciones y la minería.
La estrategia china, sustentada en condiciones de financiamiento más flexibles y en la
ausencia de condicionalidades políticas explícitas, ha resultado especialmente atractiva para
numerosos países latinoamericanos. En el contexto actual, China expresa un interés creciente
en profundizar sus vínculos con América Latina, no solo desde una perspectiva económica,
sino también en términos geopolíticos, en virtud de la competencia con Estados Unidos.
La Unión Europea
La Unión Europea (UE) posee una vasta red de acuerdos con México, Chile, Colombia, Perú,
Ecuador y los países de América Central y del Caribe, y ha concluido (nuevamente) la
negociación del Acuerdo con el Mercosur, aunque éste sigue sin ratificarse. A diferencia de
China o Estados Unidos, la UE promueve acuerdos que incluyen cláusulas sobre derechos
humanos, sostenibilidad ambiental, y Estado de Derecho, lo que muchas veces retrasa o
complica su implementación.
La fragmentación interna, el ascenso de fuerzas de extrema derecha y la priorización de
asuntos intraeuropeos han afectado su capacidad para ejercer un liderazgo coherente frente a
los cambios del orden internacional y para profundizar sus lazos con América Latina. En
paralelo, la UE experimenta serias dificultades para avanzar en la consolidación de su
autonomía estratégica, tanto en el plano geoeconómico como en los ámbitos de defensa y
política exterior. La llegada de un Trump “recargado” a Washington, con un enfoque aún más
aislacionista y unilateral, acentúa esta sensación de marginación.
Ante este escenario, la UE insiste en posicionarse como un socio que respeta estándares
internacionales y promueve un enfoque basado en normas y principios. Pero las crisis
globales y tensiones geopolíticas han llevado a la UE a priorizar la estabilidad en el
suministro de materiales críticos, alimentos, energía y otros recursos estratégicos.
En el actual orden en transición, el interregionalismo euro-latinoamericano se perfila como
una estrategia clave para Europa en su intento de equilibrar influencias. Esto es
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particularmente relevante frente a un aliado como Estados Unidos, que se ha convertido en un
competidor, como se evidencia con el retorno de Trump a la Casa Blanca, y frente a China,
considerada un rival sistémico por la UE.
Es más importante que nunca para la UE crear alianzas estratégicas con regiones que
comparten valores y principios para afrontar juntos los desafíos globales, como se insinúa
frecuentemente desde Bruselas. No obstante, los países de América Latina no se muestran
dispuestos a asumir una actitud pasiva y buscan mecanismos para asegurar que cualquier
decisión o acuerdo que los afecte refleje sus prioridades.
Si bien la UE tiene intenciones de facilitar el desarrollo sostenible de América Latina, es
comprensible que su enfoque pueda ser percibido como una forma de control que reduce la
agencia de los países latinoamericanos. En este sentido, es crucial para la UE adoptar
estrategias de cooperación que saquen provecho de la percepción positiva que existe en
América Latina sobre Europa para consolidar alianzas sociales y ambientales, mientras se
abordan las demandas económicas identificadas por los gobiernos latinoamericanos.
Reflexiones finales
En un marco de orden internacional en transición, América Latina podría adoptar una
estrategia de alianzas diferenciadas, lo que le permitiría establecer vínculos específicos con
cada potencia en función de sus ventajas comparativas: con Estados Unidos, en el desarrollo
de cadenas de valor industriales y de servicios; con China, en el financiamiento y la
construcción de infraestructura; y con la UE, en áreas como la sostenibilidad, la transición
energética y la regulación digital. Esta estrategia ofrece la ventaja de aprovechar las
fortalezas particulares de cada socio, pero exige una planificación sofisticada, un ejercicio
inédito de cohesión política y estratégica, y una capacidad sostenida para evitar que la
competencia entre potencias termine subordinando los intereses locales o generando nuevas
formas de dependencia.
América Latina no está condenada a ser un terreno de disputa pasivo entre potencias. Tiene
espacio para ejercer agencia, pero ese margen se reduce si actúa de manera fragmentada y sin
estrategia. La clave no está en optar por un solo socio, sino en diseñar una inserción
internacional inteligente, selectiva y coherente con objetivos de desarrollo propios.
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Referencias
De la Mora, L. M. (2023): La permanente búsqueda de la integración en américa
Latina y el caribe. Revista de la CEPAL, 2023(141), 113-130.
Hirst, M.; Russell, R.; Sanjuan, A. M. y Tokatlian, J. G. (2024) América Latina y el
Sur Global en tiempos sin hegemonías. Revista CIDOB d’Afers Internacionals, n.º 136, 133-
156.
TRABAJO RECIBIDO: 04/06/2025
Esta obra está bajo una licencia internacional https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0/