Cuadernos de Política Exterior Argentina (Nueva Época), 141, Enero-Junio 2025
ISSN 1852-7213 (edición en línea)
un funcionamiento apropiado a los canales institucionalizados para generar una coordinación
de sus políticas. Esto se observó en: la distancia entre los objetivos e intereses de cada una de
las partes al respecto del proceso de integración regional del MERCOSUR
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, la ausencia de
una concertación de posiciones comunes para negociar ante el FMI
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, en el tratamiento de las
crisis intraestatales regionales en ningún caso (salvo en la crisis doméstica de Bolivia en
2003) hubo concertación bilateral previa, en la creación de la Comunidad Sudamericana de
Naciones
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. También, una diferencia persistente de Argentina fue la negativa a apoyar a
Brasil para que se hiciera —en caso de una ampliación— de una silla permanente en el
Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Es así que, en esta serie de situaciones, se
revelan los límites en la vinculación con Brasil, y la incapacidad de convertir esa política de
acompañamiento en una política de cooperación genuina.
Siguiendo a Dussort (2012, p. 2), la presentada como “alianza estratégica” se tornó en una
“alianza sin contenido”. Si bien los conflictos son inherentes a toda relación, cuando los
intereses son contrapuestos o cuando la falta de apoyo político es explícito, la idea de
sociedad aparece vacía de contenido. Esta cuestión nos lleva a ver la existencia de un claro
hiato entre “lexis” y “praxis” de la política exterior argentina —como sostiene Osella (2016,
p. 87)—. La relación, si bien prioritaria para ambas naciones, debe fundarse en acciones de
cooperación concretas que superen la instancia de la enunciación de compromisos. En las
relaciones bilaterales argentino-brasileñas hubo: una serie de intereses comunes identificados,
la existencia de mecanismos de diálogo, una noción de un alcance temporal de largo plazo de
la relación. Sin embargo, la ausencia de un diseño y coordinación conjunta de las políticas —
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Para Argentina —como Kirchner afirmó— el MERCOSUR era considerado la vía más importante de
inserción internacional del país. En este sentido, se destacó la necesidad de consolidarlo, ampliarlo con la
incorporación de otros países de la región y profundizarlo, fortaleciendo el andamiaje institucional. Para Brasil,
su intención con el MERCOSUR era la de consolidarse en el escenario regional como líder, para después
proyectarse al escenario global. Es decir, mientras que para Argentina era un fin en sí mismo, para Brasil era un
medio para su proyección como gobal player.
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Si bien desde la capital argentina hubo algunos intentos, estos no prosperaron. Argentina pretendía limitar las
exigencias del FMI en materia de superávit fiscal, en consonancia con su política de priorizar el crecimiento
como variable para salir de la crisis. Brasil, por su parte, bajo una dinámica distinta de relacionamiento con el
Fondo, producto también de una realidad de deuda diferente y en línea con una política de “metas de inflación”,
no se comprometió con la causa argentina en este tópico.
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Si bien el gobierno argentino compartía el interés de la expansión de la integración al resto del subcontinente,
no comulgaba con el lugar que la iniciativa brasileña le daba al país: donde Argentina fue solo un Estado más de
los invitados. A la vez que acentuaba la posición de poder de Brasil sobre Sudamérica. Esta cuestión se observa
en la falta de diálogo previo entre las cancillerías sobre la iniciativa brasileña, y la diferencia entre los enfoques
(donde Argentina pretendía darle prioridad al MERCOSUR). Y quedo plasmado en la ausencia de Kirchner a la
Cumbre de Cuzco.