Cuadernos de Políca Exterior Argenna (Nueva Época), 143, Enero-Junio 2026
ISSN 1852-7213 (edición en línea)
hutíes, junto al sector de Ejército que permaneció leal a Saleh (un amplio 60%), comenzaron
a descender al sur para tomar control de la nueva capital.
En una situación de extrema vulnerabilidad, en marzo de 2015 Hadi solicitó formalmente al
CCG y la Liga Árabe que tomaran todas las medidas necesarias para detener el avance de los
hutíes. El 24 de marzo pidió al Consejo de Seguridad de la ONU (CdS) que emitiera una
resolución enmarcada en el capítulo 7 de la Carta, autorizando acciones militares para
combatir a los rebeldes. Sin embargo, un día después, ante la inminente llegada de los hutíes
a Adén, decidió huir a Riad (Grabowski, 2016). En respuesta al pedido del presidente, el 26
de marzo, Arabia Saudita, junto con Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Bahréin, Kuwait,
Marruecos, Sudán, Egipto, Jordania, y Senegal, lanzaron la operación Decisive Storm. Según
lo planificado, la incursión militar sería breve y perseguía al objetivo de desalojar a los
rebeldes de la capital, destruir su armamento pesado y reencauzar el proceso de la Iniciativa
(Dip, 2019; Juneau, 2016; Garallah, 2020).
En plena coincidencia con el concepto de Borda (2009), podemos ver la importancia de los
actores yemeníes en la decisión de internacionalizar el conflicto. Aunque el contexto regional
propició que esta se diera, no se materializó hasta que los propios yemeníes decidieron hacerlo.
A pesar que muchas veces se enfatiza el rol de los actores externos en Yemen, los actores
locales jugaron un papel fundamental, al menos en la etapa inicial del conflicto. En ese
continuum que plantea Borda (2009) entre ‘intervención’ o ‘invitación’, el caso yemení es más
aproximado al segundo.
Desde entonces, en Yemen se conformaron dos bloques antagónicos. Es fundamental aclarar
que lejos de ser bloques homogéneos, más bien puede ser catalogado como dos grupos de
alianzas líquidas, compuestos por actores con intereses diferentes y hasta contradictorios,
unidos más por el odio hacia enemigos comunes, que por un proyecto compartido
(International Crisis Group, 2016 y Serr, 2018). Por un lado, el bloque rebelde quedo
compuesto por los hutíes, Saleh y la República Islámica de Irán. Aunque Teherán ha negado
incansablemente su apoyo a los insurgentes, diversos autores (Akin, 2019; Dip, 2019; Kendall,
2017; Serr, 2018) afirman que intervino a su favor en determinados aspectos: financiamiento,
entrenamiento, venta de armas, y apoyo político. Claramente su involucramiento fue
muchísimo menor que el de Riad, pero existió y probablemente se incrementó a medida que
transcurría el tiempo. Por el otro, el bloque anti-hutí era mucho más heterogéneo, y se