Cuadernos de Políca Exterior Argenna (Nueva Época), 143, Enero-Junio 2026
ISSN 1852-7213 (edición en línea)
Bajo perfil, alto impacto: el rol de Emiratos Árabes Unidos en el conflicto
yemení
Low profile, high impact: the role of the United Arab Emirates in the
Yemeni conflict
Joel Foyth
1
Contacto: Joel.foyth@fcpolit.unr.edu.ar / joelfoythg@gmail.com
ORCID: https://orcid.org/0009-0007-4032-8253
Nombre y apellido autor
Colaboración académica
1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14
Joel Foyth X X X X X X X X
1- Administración del proyecto; 2- Adquisición de fondos; 3- Análisis formal; 4- Conceptualización;
5- Curaduría de datos; 6- Escritura – revisión/edición; 7- Investigación; 8- Metodología; 9- Recursos;
10- Redacción – borrador original; 11- Software; 12- Supervisión; 13- Validación; 14- Visualización.
Resumen
El conflicto en Yemen ha sido calificado como “la peor crisis humanitaria del siglo”. Pero, paradójicamente es
uno de los menos analizados y ocupa un lugar relegado en la agenda internacional. A su vez, los análisis
realizados se han centrado en las intervenciones de Arabia Saudita e Irán, descuidando el rol de otros actores
externos especialmente Emiratos Árabes Unidos y muchas veces dando un papel secundario al accionar de
los actores yemeníes. Por ello, este artículo se propone hacer un aporte para suplir parte de este déficit. En primer
lugar, se analizan las principales características de la política emiratí, exponiendo aspectos identitarios que
determinan su política exterior y que impulsaron su involucramiento en este conflicto, convirtiéndose en un actor
central. Posteriormente, se intentará dilucidar la dinámica del involucramiento de Abu Dabi, analizando las
alianzas que tejió con los actores yemeníes y las principales acciones que llevó adelante. Finalmente, se hará un
balance de su participación, considerando las ganancias y pérdidas y el impacto que tuvo en la relación con Riad,
uno de sus principales socios en la región.
1
Datos del autor: Joel Foyth, Licenciado en Relaciones Internacionales. Docente de Política Económica, Teoría Económica
y Adscripto del Seminario Política, Religión y Economía en las Relaciones Internacionales de Medio Oriente y Norte de
África, en la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales, Universidad Nacional de Rosario (UNR). Investigador
del Instituto Rosario de Estudios del Mundo Árabe e Islámico (IREMAI) y del Grupo de Estudio de Medio Oriente (GEMO)
– UNR. Correo electrónico: joelfoythg@gmail.com / joel.foyth@fcpolit.unr.edu.ar
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Palabras claves: Yemen, Emiratos Árabes Unidos, conflicto.
Abstract
"The worst humanitarian crisis of the century" is how some have characterised the Yemeni conflict. Ironically,
though, it is one of the least studied conflicts and has a low priority on the global agenda. In response, research
has focused primarily on Saudi Arabia's and Iran's operations, ignoring the participation of other foreign parties,
particularly the United Arab Emirates, and frequently placing Yemeni players' actions in a secondary role. Thus,
the purpose of this essay is to help compensate for some of this shortfall. First, the main characteristics of Emirati
politics are analysed, exposing the interests and identity cleavages that determine its foreign policy, which have
drove Abu Dhabi's involvement in this conflict, becoming a central actor. Subsequently, an attempt will be made
to elucidate the dynamics of Emirati involvement, analysing the alliances forged with Yemeni actors and the
main actions carried out. Finally, an assessment of its participation will be made, considering the gains and losses,
and the impact it had on the relationship with Riyadh, one of its main allies in the region.
Keywords: Yemen, United Arab Emirates, conflict.
TRABAJO RECIBIDO: 30/5/2025 TRABAJO ACEPTADO: 20/12/2025
Esta obra está bajo una licencia internacional h9ps://creavecommons.org/licenses/by-sa/4.0/
Introducción
En 2011, Yemen se vio sacudido por un proceso sin precedentes en la historia de la región: la
Primavera Árabe. Hastiados de la marginación económica y política, miles de jóvenes se
movilizaron para pedir la salida del presidente Abdullah Saleh y la instauración de una
sociedad más justa. Tras meses de una fuerte presión internacional y después de treinta años
en el poder, Saleh firmó su renuncia y comenzó un proceso de transición política que fue
inicialmente pacífico y prometedor. Sin embargo, profundas y antiguas disputas tribales,
religiosas y políticas fueron emergiendo, opacando poco a poco las demandas de democracia
y desarrollo socioeconómico, que habían impulsado los jóvenes yemeníes, quienes se veían
excluidos de un sistema político-social cerrado y elitista. La ausencia de cambios verdaderos
y las tensiones de la sociedad yemení minaron el proceso, desembocando en un conflicto por
el poder.
La convulsa realidad yemení se entrelazó con la geopolítica regional, marcada por el
sectarismo y la competencia entre distintas potencias por el liderazgo regional. Al igual que
en Egipto, Siria o Libia, los cambios políticos en Yemen crearon un vació de poder,
convirtiendo al país en un campo de batalla donde distintas potencias regionales intervinieron
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apoyando a un bando u a otro. Por su ubicación geográfica, la rivalidad entre Arabia Saudita
e Irán fue un importante factor en la internacionalización del conflicto: Riad decidió lanzar la
operación Decisive Storm, liderando una coalición internacional para detener a los rebeldes,
destruir su armamento pesado y reanudar el proceso de negociación que se venía dando desde
2012.
Según la versión saudí, los rebeldes huties estaban siendo impulsados por Irán, quien llevaba
un plan ‘expansionista’ en la región aprovechando los frentes abiertos por la Primavera Árabe.
Aunque el involucramiento iraní tenía un alto nivel de hermetismo e informalidad, hay un
relativo consenso que la República Islámica brindo apoyo a los rebeldes otorgando
financiamiento, entrenamiento, armamento y apoyo político. Aunque no era un frente
prioritario, Teherán encontró en Sana una forma efectiva de socavar y debilitar a su adversario.
No obstante, pocos han considerado el accionar de Emiratos Árabes Unidos (EAU) en este
conflicto. En los últimos años, Abu Dabi ha crecido en poderío económico y militar,
participando activamente en las disputas regionales en Siria, Libia, el bloqueo a Qatar y en el
Mediterráneo Oriental. El liderazgo emiratí, encabezado por el príncipe heredero Mohamed
Bin Zayed (MBZ) considera que su país puede convertirse en un actor de peso para la región
y el mundo. La Primavera Árabe se convirtió en la prueba de fuego de su capacidad de acción.
En Yemen, decidió tomar parte activa en la coalición internacional junto a Arabia Saudita,
aportando aviones y tropas. Poco a poco comenzó a tener un papel más decisivo y su influencia
fue creciendo. Aunque ha intentado mantener un perfil bajo, su rol ha sido clave en
determinadas etapas del conflicto y ha dejado una huella indeleble en el mismo.
Por ello, el interrogante central que impulsa el análisis de este artículo es: ¿Cuál ha sido el
papel Emiratos Árabes Unidos en la internacionalización del conflicto yemení, en un contexto
de rivalidades regionales? A su vez, para responder este interrogante general, se busca
responder una serie de preguntas específicas: a) ¿Cuáles son los principales intereses emiratíes
que guían su política exterior e impulsaron la intervención en Yemen?, b) ¿Cuáles son las
amenazas que impulsaron la consolidación de la alianza saudí-emiratí en la Primavera árabe y
su inicial accionar conjunto en Yemen?, c) ¿Cuáles fueron las principales acciones y los
resultados de la intervención de Emiratos Árabes Unidos en el conflicto yemení?
Como respuesta hipotética a estas preguntas, se sostiene que EAU intervino en base a sus
intereses regionales. En 2015, Abu Dabi intervino porque consideraba el aumento de la
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influencia iraní como su principal amenaza. Sin embargo, con el paso del tiempo, y el fracaso
de los objetivos militares, emergieron las discrepancias en la coalición árabe-sunita. Desde
entonces, EAU priorizó objetivos propios, actuando de manera más pragmática y
respondiendo a sus propios intereses y percepciones de amenazas, los cuales no coinciden en
su totalidad con los saudíes.
Temporalmente, el trabajo estará delimitado – aunque no de manera tajante – en los primeros
cinco años del conflicto, de 2015 a 2020, que coinciden con el período de una intervención
visible y directa de EAU en el mismo.
Debido a la naturaleza de la investigación, esta adoptará un diseño metodológico cualitativo.
La información recolectada será obtenida principalmente a través de la lectura y el análisis de
fuentes secundarias. Además de los trabajos académicos utilizados para la construcción del
marco teórico, se recurrirá a libros, tesis doctorales, de maestría y de grado artículos
académicos relacionados con la temática y artículos periodísticos digitales de medios
internacionales y de la región. Asimismo, se recurrirá en menor medida a algunas fuentes
primarias específicas, como resoluciones e informes de Organismos Internacionales y
documentos legales nacionales de los Estados involucrados.
1- Marco teórico-conceptual
Para el presente trabajo se utilizará el concepto de internacionalización de conflictos,
elaborado por Sandra P. Borda (2009), quien originalmente lo utilizó para analizar los
conflictos en Colombia, El Salvador y Guatemala. A pesar de las evidentes diferencias con el
caso yemení, su desarrollo teórico es una valiosa herramienta para analizar este tipo de
procesos, en los que se entrelazan dinámicas internacionales y domésticas.
La autora se despega de aquellas visiones que ponen un excesivo y exclusivo enfoque en el
papel de los actores internacionales y hablan solo de ‘intervención internacional’, dejando a
los actores internos como meros receptores pasivos. Por el contrario, estos últimos tienen un
papel determinante, ya que muchas veces son quienes deciden involucrar o mantener aislados
a los actores internacionales. De un modo general, la internacionalización de un conflicto es
definida como:
(…) the process through which an explicit and conscious decision is made: the decision to
involve international actors in any phase hostilities or negotiation of a domestic conflict.
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The alternative strategy is to isolate the internal conflict and consciously exclude international
actors (Borda, 2009, p. 6).
Para la autora, este concepto se mueve por un continuum, en el que, en un extremo los actores
externos deciden unilateralmente involucrarse en el mismo, y en el otro, en el que las partes
del conflicto invitan agentes externos a que tomen parte del mismo. Como contraparte, tanto
actores externos e internos pueden decidir deliberadamente no intervenir o evitar la
participación internacional. Ambos extremos son tipos ideales, difíciles de encontrar en la
práctica. Por ello, la mayoría de los casos caen en un punto intermedio y la decisión de
internacionalizar – o no – el conflicto implica un acuerdo o al menos una interacción entre las
partes del conflicto y los agentes externos. A su vez, Borda (2009) resalta que los grupos
insurgentes, o grupos no-estatales pueden, por su propia cuenta, decidir la
internacionalización.
Este proceso de internacionalización puede adoptar la forma de internacionalización militar,
en la que se busca apoyo logístico y militar que no podrían – o sería muy costoso – encontrar
internamente; y la otra es la internacionalización política, que persigue el objetivo de ganar
legitimidad tanto interna como internacional frente a los oponentes.
Finalmente, la autora explica que la internacionalización conlleva una pérdida de autonomía
y seguridad para las partes del conflicto. Por ello, es más fácil que esta se cuando los actores
locales e internacionales comparten una identidad o cosmovisión. Aun así, como ésta muchas
veces no existe, las partes del conflicto suelen construir esa identidad común con sus aliados
internacionales, para asegurarse su apoyo. Es decir, la internacionalización puede provocar
una mutación de la naturaleza inicial del conflicto, y que se adapte a los intereses del actor
internacional interviniente.
A su vez, para explicar la dinámica de las alianzas, tanto entre los actores externos Arabia
Saudita y EAU como entre estos y los actores yemeníes, se complementará utilizarán los
conceptos de alianzas líquidas y alianzas sólidas, de Soler I Lecha (2017). El autor desarrolla
estos conceptos para explicar los posicionamientos de los actores en la región del MENA
(Middle East and North Africa) post Primavera Árabe, marcados por un contexto de fuerte
volatilidad y cortoplacismo, que empuja a cambios bruscos y reactivos.
No hay bloques sólidos y cuando se forja una alianza no se fundamenta en una identidad o
proyecto común sino en el miedo. La percepción de qué o quién representa una amenaza
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cambia en función de acontecimientos puntuales y es así como proliferan alianzas que se
circunscriben a un tema y suelen tener fecha de caducidad. Son alianzas líquidas que se
adaptan al relieve (Soler I lecha, 2017, p. 148).
Como corolario, muchas rivalidades también son líquidas y actores tradicionalmente
enemistados hacen frente común en un tema concreto sin con ello reconocerse como aliados”.
Sin embargo, la presencia de alianzas líquidas no implica la caducidad de las alianzas sólidas,
sino que “loquido ha ido ganando a lo sólido sin sustituirlo plenamente” (p. 148). Esto se
refleja en que hay actores que mantienen rivalidades constantes y también buscan formar
alianzas sólidas. Ambas alianzas conviven, sumando complejidad e inestabilidad.
El propio Soler I Lecha propone a Yemen como un ejemplo de funcionamiento de estas
alianzas, donde los actores yemeníes e internacionales y específicamente Emiratos Árabes
Unidos cambian sus posicionamientos, pasando de un bando a otro, siendo
aliados/competidores en determinadas circunstancias y adoptando comportamientos
aparentemente contradictorios y zigzagueantes.
2- Características de la política de EAU
EAU es una joven confederación de siete emiratos, formada en 1971 cuando el Reino Unido
tomó la decisión de retirarse de Medio Oriente. Como toda nación joven, sufrió varias
tensiones propias del proceso de organización nacional. No obstante, ha experimentado
importantes cambios en el siglo XXI que han impulsado a redefinir su lugar en la región y el
mundo (Ottaway M. & D., 2019). Sin duda, uno de ellos ha sido la llegada al poder del Príncipe
Heredero Mohamed Bin Zayed (MBZ) en 2004.
En los conceptos recientemente desarrollados, las identidades ocupan un lugar central, como
determinantes de las amenazas, objetivos y los intereses. Por ello, a continuación, se
desarrollarán algunos clivajes en la política de EAU, que ejercen una fuerte influencia en su
política exterior.
País pequeño en región convulsa: ubicado en el corazón del Golfo Pérsico-Arábigo, esta joven
nación estuvo expuesta a diversas amenazas. Una de ellas fue la presencia de dos grandes
vecinos que compiten por la hegemonía regional: Arabia Saudita y la República Islámica de
Irán, con quienes tuvo disputas territoriales (Shahrour, 2020). No obstante, según MBZ, a
pesar de su tamaño, EAU puede ser una potencia regional con visión global (Salisbury, 2020).
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Su ubicación geográfica y poderío económico lo convierten en un actor central, como nexo
entre occidente y oriente, capaz de moldear el orden regional (Vidal Ribé, 2020).
Poder duro: por mucho tiempo, EAU aplicó una política de bandwagoning
2
hacia actores
internacionales más fuertes para su protección (Dogan-Akkas, 2020; Shahrour, 2020;
Soubrier, 2017). El ingreso al Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) significó una
aceptación tácita del liderazgo saudí, y posteriormente firmo una importante alianza militar
con EEUU. Sin embargo, para MBZ, EAU debe ser militarmente autónomo, por lo que se ha
convertido en el segundo comprador de armas del mundo árabe al invertir más del 5% de su
PBI en defensa (Soler I lecha, 2018). A su vez, instauro el servicio militar obligatorio y
estableció bases militares en Eritrea, Somalia, Somalilandia, Puntland y Sudan. (Domínguez
de Olazábal, 2018; Vidal Ribé, 2020; Salisbury, 2020). No en vano James Mattis, el ex
secretario de Defensa de Estados Unidos (EEUU), afirmo que Abu Dabi se había ganado el
apodo de Little Sparta (Ottaway M. & D., 2019).
Autonomía vs Centralización: la fragmentación entre los emiratos especialmente por la
rivalidad entre Abu Dabi y Dubái impidió que tuviera una política exterior más decidida.
Pero, esta rivalidad fue saldada en gran medida en 2008, cuando en la crisis financiera global,
el emirato-capital salió al rescate financiero de Dubái con 20 mil millones de dólares y obtuvo
concesiones políticas, aumentando su influencia y consolidando el centralismo (Alonso y
Domínguez de Olazábal, 2020; Roberts, 2017; Salisbury, 2020; Shahrour, 2020). Pero la
centralización del poder también se dio en el nuevo liderazgo. La llegada al poder de MBZ
significo la consolidación de un sistema político centrado en él y su círculo de allegados. Hoy
en día, la política de EAU depende en gran medida de la propia personalidad y cosmovisión
de su líder y su círculo cercano de allegados (Dogan-Akkas 2020; Shahrour, 2020; Soubrier,
2017).
Economía y modernización: conscientes de las limitaciones a largo plazo de la explotación del
petróleo, EAU desarrolló estrategias para diversificar su economía. Dubái se convirtió en un
punto de referencia de turismo, eventos y finanzas, mientras que Abu Dabi desarrolló un
enfoque más político, religioso y cultural, incentivando la instalación de Universidades y
museos e invirtiendo fuertemente en la industria de la cultura y deporte, adquiriendo la
2
La política de bandwagoning consiste en crear alianzas y plegarse a los objetivos de una potencia hegemónica
para evitar confrontaciones con ésta y gozar de su protección.
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franquicia del Louvre Abu Dabi y siendo cede de incontables conciertos, eventos deportivos
y destacándose en la creación del City Group que adquirió el Manchester City y toda una serie
de clubes de futbol a lo largo del mundo. La creación de empresas prestigiosas como Etihad,
Emirates, o DP World y su abultado fondo soberano de inversión que está en el Top 5 de
mayores fondos de inversión del mundo también son parte de esta política. A su vez, el
crecimiento de los países asiáticos impulsó la diversificación sus vínculos económicos,
fortaleciendo su posición como núcleo y nexo económico entre occidente y Asia (Vidal Ribé,
2020).
Rivalidades: EAU identificó a dos enemigos como amenazas existenciales: Irán y el islam
político de la Hermandad Musulmana (HM). Una vez más, la securitización frente a estas
amenazas y especialmente frente al islamismo, se acentuó con MBZ (Roberts, 2017). La filial
emiratí de la Hermandad fue disuelta y muchos de sus miembros encarcelados acusados de
organizar un golpe de estado. Claramente, el llamado del islam político a una participación
activa en la vida pública es visto como un desafío abierto a la legitimidad del régimen. Por su
parte, Teherán ha sido un foco de preocupación por las disputas territoriales, que aumentó
desde 1979 cuando en la efervescencia de la Revolución Islámica, el Ayatola Jomeini llamó a
que la población su subleve contra las monarquías ‘herejes’ del Golfo. MBZ teme que pueda
verse involucrado indirectamente y ser blanco de represalias iraníes, por ejemplo, frente a un
ataque de EEUU o Israel a la República Islámica. En 2010, el embajador emiratí en
Washington afirmó: “It's the only conventional military threat our military plans for, trains
for, equips for, that's it, there's no other threat, there's no country in the region that is a threat
to the U.A.E., it's only Iran” (Golberg, 2010).
3- Abu Dabi y la Primavera Árabe
De la mano de MBZ, EAU logró consolidar un modelo ‘exitoso’ en la región:
The ‘UAE model’ integrates economic openness, strong governance and service delivery, and
a relatively secular and liberal (for the region) social environment, combined with a closed
political system that polices speech and is built around an entrenched security state. Just as
important is a rejection of any political or religious ideology that might challenge the
supremacy of the state and its leaders (Salisbury, 2020, p. 2)
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Pero, la Primavera Árabe se convirtió en un gran desafío para el modelo emiratí. Como afirma
Soubrier (2017), las revueltas árabes eran una amenaza a su propia estabilidad y legitimidad
frente a ideologías transnacionales desafiantes. La posibilidad de la caída del status quo
autoritario regional y la apertura democrática, favorecía a la HM que era la alternativa
democrática más afianzada en las sociedades árabes, y los regímenes derrocados eran en su
mayoría eran pro-occidentales y opositores a Teherán. Esto motivo a que MBZ profundice una
política regional activa. Desde entonces, los objetivos prioritarios fueron:
(i) suppressing the Muslim Brotherhood and any other Islamist groups, including al-Qaeda
and the Islamic State; (ii) containing the Iranian influence as much as possible, with a priority
given to the Arabian Peninsula; (iii) achieving influence in the world economy by positioning
itself as a “nexus state”; (iv) achieving prestige on the world stage; (v) and, last but not least,
diversifying security and defense agreements and cooperation (Shahrour, 2020, pp. 6-7).
Fue este contexto el que favoreció la construcción de la alianza entre EAU y Arabia Saudita.
Especialmente los dos primeros objetivos de la política exterior emiratí coincidían con los
saudíes. Ambas naciones compartían su modelo monárquico-autoritario, su condición de
árabe-sunitas, el modelo económico, la cercanía geográfica y la participación conjunta en
organismos como el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) o la Organización de Países
Exportadores de Petróleo (OPEP), etc. Pero principalmente, había una visión compartida de
las amenazas regionales la República Islámica de Irán y la Hermandad Musulmana en la
que eran aliados indispensables para combatirlas.
También influyó la excelente relación personal entre MBZ y su par saudí, Mohamed Bin
Salman (MBS). Ambos son líderes jóvenes que llegaron al poder por vías similares. Muchos
consideran que el príncipe saudí busca copiar el ‘modelo EAU’, y que el propio príncipe
emiratí – un poco mayor de edad – ha sido un mentor para su vecino.
De esta manera, la alianza con su vecino fue uno de los pilares para hacerle frente a la
Primavera Árabe. Aunque cada una de las monarquías actuó con diferente nivel de
involucramiento, ambas lo hicieron en sintonía en los frentes abiertos en Libia, Siria, Egipto
y Bahréin. En todos estos casos, siempre el objetivo declarado era el mismo: combatir a grupos
islamistas o detener el expansionismo irano-chiita. En el hecho más resonante, Riad y Abu
Dabi entablaron juntas una fuerte lucha contra Qatar por el apoyo que esta brindó a la HM. En
una decisión sin precedentes, en 2017 junto a Bahréin y Egipto decidieron hacer un bloqueo
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aéreo, terrestre y marítimo para forzar que la monarquía Al Thani volviera a los lineamientos
hegemónicos de la política exterior de CCG (Roberts, 2017). Como esto condujo a una
parálisis del organismo, los dos países firmaron una alianza para regular todo tipo de asuntos
bilaterales.
En términos de Soler I Lecha (2017), podríamos calificar a la relación saudí-emiratí como una
alianza sólida. La presencia de amenazas comunes ayudó a que el vínculo entre las monarquías
se profundizara y actuaran en sintonía en distintos escenarios. Sin embargo, Yemen vendría a
convertirse un campo de batalla mucho más difícil y ‘movedizo’. La Vietnam árabe, como se
popularizó en ciertos medios, se convirtió en el pantano en el que esta alianza se vería
dificultosamente envuelta (Suárez Jaramillo, 2018).
4- La Primavera Yemení: de la ilusión democrática al conflicto armado
Yemen es un país diferente en la región: es la única República, no posee grandes cantidades
de petróleo, es el país más pobre del mundo árabe y en el último siglo estuvo constantemente
envuelto en enfrentamientos internos. La sociedad yemení está atravesada por una serie de
‘grietas’ que han fragmentado al país. Durante el siglo XX, estuvo divido entre la República
Árabe de Yemen (al norte), y la República Popular Democrática de Yemen (al sur). Ambos
países, con modelos políticos y económicos diferentes, se unificaron desordenadamente en
1990. No obstante, el norte hegemonizo el nuevo Yemen, despertando el sentimiento en el sur
de haber sido ‘colonizados’ por el norte. Esto provocó el nacimiento de movimientos sureños
con fines separatistas, como Al Hirak al Yanubi (Movimiento del Sur – Al Hirak de ahora en
más).
Religiosamente, el país esta divido entre un 70% sunita, y un 30% - especialmente en el norte
que profesa el zaydismo
3
. Aunque han convivido en armonía, desde los 90’ ha crecido el
sectarismo con el surgimiento de algunos movimientos políticos-religiosos, como el partido
Al Islah – compuesto por miembros de la HM –, el asentamiento del islam político radical de
Al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA) y la formación del movimiento Ansar Allah – más
conocido como hutíes, en honor a su fundador Hussein al-Houthi. Este último es un grupo
revivalista zaydi, proveniente de la provincia de Saada, que se enfrentó militarmente a Saleh
3
El zaydismo es un desprendimiento del chiismo. No obstante, es diferente a la versión duodecimana practicada
en Irán.
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durante 2006-2010, en rechazo a la marginación política, la falta de desarrollo económico y el
incremento del wahabismo saudí
4
en sus tierras.
Aunque formalmente se estableció un incipiente sistema de partidos y una relativa
competencia democrática, el tribalismo predominó como modo de organización social y
política. Saleh estableció lo que Comins (2013) denomina como un orden “político-tribal-
militar basado en el clientelismo” (p. 4). Combinando represión con una gran red de
patronazgo y entrega de favores, fue cooptando otros sectores políticos, y líderes militares y
tribales. Mientras, el partido Congreso General del Pueblo (CGP) fue la base para su
proyección personal en el poder (Brehony, 2015).
En 2011, emulando al movimiento juvenil tunecino, comenzaron tibiamente las protestas de
jóvenes universitarios y profesionales, contra Saleh. Sin embargo, estas adquirieron
dimensiones importantes con la caída de Hosni Mubarak en Egipto, generando que otros
grupos, como los hutíes y los sureños se plegaran a las marchas. Como respuesta, Saleh
comenzó a reprimir cada vez más fuertemente a los manifestantes, comenzando a generar
deserciones aun entre sus propios aliados. De esta manera, el partido Al Islah, el General Ali
Mohsen, e importantes líderes tribales y religiosos que formaban parte del stablishment
político y de la red de Saleh, poco a poco abandonaron al mandatario y se plegaron a los
jóvenes.
En los últimos años, Saleh había concentrado demasiado el poder en su círculo cercano, y su
sistema político-militar-tribal había comenzado a fallar (Juneau, 2014; Thiel, 2012). Los
sectores de la elite que comenzaron a pedir su salida no tenían mucho en común con las
manifestaciones juveniles, pero encontraron en esa coyuntura la posibilidad de ajustar cuentas
con el mandatario y eliminarlo del poder (Clausen, 2015).
Esta situación encendió las alarmas en el CCG. Por un lado, se temía que la anarquía creciente
desestabilizara la región. Pero también veían con temor que Irán aprovechara esta coyuntura
para aumentar su influencia en la Península Arábiga. Las monarquías temían el crecimiento
de los hutíes, ya que este grupo tenía una afinidad religiosa-política con Teherán y creían que
4
El wahabismo es una rama conservadora del islam sunita, que propone una estricta y literal observación de la
ley islámica. Esta versión del islam tiene un fuerte arraigo en la clerecía saudí, y fue una importante fuente de
sostén ideológico y legitimidad para la familia Saud en la conformación del Estado Nación. En las últimas
décadas, Riad utilizó la expansión de su credo a través de la creación de escuelas coránicas a lo largo del mundo
como una política de soft power. No obstante, han surgido críticas y denuncias a esta política por alentar el
extremismo (en los atentados del 11-S la mayoría de los terroristas eran de origen saudí).
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desde los enfrentamientos con Saleh durante 2006-2010 estaban recibiendo apoyó iraní. Por
ello iniciaron un proceso de negociación, conocido como Iniciativa del Golfo, en el que
forzaron a Saleh a renunciar a su cargo, a cambio de amnistía para él y sus colaboradores, al
tiempo que se le permitía mantener el liderazgo del CGP. En su lugar, asumió su
vicepresidente, Abd Rabbo Mansur Hadi, quien lideraría una transición de dos años, en la que
se formaría una nueva constitución y llamaría a nuevas elecciones.
Pero este plan estaba destinado al fracaso. La Iniciativa respondía más a los intereses saudíes
que a un verdadero cambio político y fue negociado principalmente entre Saleh y Al Islah. Por
su parte, las demandas de los sureños, los hutíes y los jóvenes quedaron excluidas (Clausen,
2015).
Durante los dos años que se habían estipulado para la transición, se estableció la Conferencia
de Dialogo Nacional (CDN) para establecer los principios sobre los que se redactaría la nueva
constitución. Sin embargo, Saleh se encargó de obstaculizar y obstruir las negociaciones, al
tiempo que los sureños amenazaban con abandonar la Conferencia si se les negaba el
secesionismo y los hutíes reclamaban que el pequeño número de representantes que le habían
dado reproducía una histórica dinámica discriminatoria (Lackner, 2016).
Especialmente el vínculo entre el Gobierno de Hadi y los hutíes fue deteriorándose cada vez
más. Mientras que estos participaban de la CDN, habían tomado el control de facto de la
provincia de Saada y comenzaron su expansión militar hacia el sur hasta la capital Sana. Pero,
la ruptura definitiva llegó en enero de 2015, cuando se dio a conocer la nueva constitución que
plasmaba un modelo de federalismo que excluía a los hutíes de los recursos naturales y una
salida al mar. En respuesta, tomaron violentamente la capital, obligaron a Hadi a renunciar y
lo pusieron bajo arresto. Sin embargo, Hadi logró escapar, y huyó hacia la ciudad de Adén en
el sur. Allí declaró que había sido víctima de un golpe de Estado y estableció temporalmente
su gobierno. En ese entonces se hizo visible algo impensado hasta el momento: la alianza entre
Saleh y los hutíes. Verdaderamente este era un ‘matrimonio de conveniencia’, una alianza
líquida. Ambos grupos se habían enfrentado duramente por más de seis años y el rechazo
mutuo era evidente. Pero, ciertas situaciones coyunturales permitieron el acercamiento: el
deseo de venganza del ex presidente y su anhelo de recuperar el poder, y por el rechazo de los
hutíes a Hadi y la transición que los había marginado nuevamente del poder. Las milicias
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hutíes, junto al sector de Ejército que permaneció leal a Saleh (un amplio 60%), comenzaron
a descender al sur para tomar control de la nueva capital.
En una situación de extrema vulnerabilidad, en marzo de 2015 Hadi solicitó formalmente al
CCG y la Liga Árabe que tomaran todas las medidas necesarias para detener el avance de los
hutíes. El 24 de marzo pidió al Consejo de Seguridad de la ONU (CdS) que emitiera una
resolución enmarcada en el capítulo 7 de la Carta, autorizando acciones militares para
combatir a los rebeldes. Sin embargo, un día después, ante la inminente llegada de los hutíes
a Adén, decidió huir a Riad (Grabowski, 2016). En respuesta al pedido del presidente, el 26
de marzo, Arabia Saudita, junto con Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Bahréin, Kuwait,
Marruecos, Sudán, Egipto, Jordania, y Senegal, lanzaron la operación Decisive Storm. Según
lo planificado, la incursión militar sería breve y perseguía al objetivo de desalojar a los
rebeldes de la capital, destruir su armamento pesado y reencauzar el proceso de la Iniciativa
(Dip, 2019; Juneau, 2016; Garallah, 2020).
En plena coincidencia con el concepto de Borda (2009), podemos ver la importancia de los
actores yemeníes en la decisión de internacionalizar el conflicto. Aunque el contexto regional
propició que esta se diera, no se materializó hasta que los propios yemeníes decidieron hacerlo.
A pesar que muchas veces se enfatiza el rol de los actores externos en Yemen, los actores
locales jugaron un papel fundamental, al menos en la etapa inicial del conflicto. En ese
continuum que plantea Borda (2009) entre ‘intervención’ o ‘invitación’, el caso yemení es más
aproximado al segundo.
Desde entonces, en Yemen se conformaron dos bloques antagónicos. Es fundamental aclarar
que lejos de ser bloques homogéneos, s bien puede ser catalogado como dos grupos de
alianzas líquidas, compuestos por actores con intereses diferentes y hasta contradictorios,
unidos más por el odio hacia enemigos comunes, que por un proyecto compartido
(International Crisis Group, 2016 y Serr, 2018). Por un lado, el bloque rebelde quedo
compuesto por los hutíes, Saleh y la República Islámica de Irán. Aunque Teherán ha negado
incansablemente su apoyo a los insurgentes, diversos autores (Akin, 2019; Dip, 2019; Kendall,
2017; Serr, 2018) afirman que intervino a su favor en determinados aspectos: financiamiento,
entrenamiento, venta de armas, y apoyo político. Claramente su involucramiento fue
muchísimo menor que el de Riad, pero existió y probablemente se incrementó a medida que
transcurría el tiempo. Por el otro, el bloque anti-hutí era mucho más heterogéneo, y se
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conformó por Hadi, los sureños, Al Islah, salafistas, líderes tribales opositores a Saleh y la
coalición internacional.
5- EAU en Yemen
Previo a la Primavera Árabe, los lazos entre EAU y Yemen habían crecido, gracias al ascenso
de líderes y empresarios yemeníes que impulsaban la apertura económica. En uno de los
proyectos más ambiciosos, DP World entró en un join venture con una empresa estatal yemení
para operar el importantísimo puerto de Adén (Salisbury, 2020). Sin embargo, la Primavera
Yemení puso a Abu Dabi en una posición incómoda y poco clara. Bajo ningún punto de vista
veía con agrado el ascenso de un grupo revolucionario con tintes sectarios como los hutíes,
vínculado con Irán. Pero también rechazaba a Al Islah, por la cercanía de sus miembros a la
HM. De hecho, Salisbury (2020) afirma que, al entrevistar algunos manifestantes, confesaron
que habían sido convocados en la embajada de EAU en Sana y les habían prometido apoyo
con tal que se aseguraran que Al Islah no llegara al poder.
Pero, la toma de Sana y el descenso de los hutíes hacia el sur fue visto como la gota que rebalsó
el vaso. MBZ decidió plegarse a su vecino y se transformó en el principal socio de la coalición
árabe-sunita que intervino militarmente en 2015. Un funcionario emiratí confesó a Salisbury
(2020) en una entrevista:
A lot of the decision to go to Yemen was to do with Iran. The way we see the last 20 years is
of Iranian expansion. They had three capitals [Baghdad, Beirut and Damascus] and Yemen
was next. And Yemen was a big red line. We couldn’t allow this to happen in our back yard.
Our presence in Yemen isn’t about Saudi Arabia per se but the Iranian threat to Saudi Arabia
(Salisbury, 2020, p. 33)
Sin embargo, tal como afirma Borda (2009), en el proceso de internacionalización de un
conflicto, el Gobierno no es el único que puede internacionalizar su disputa. Otros grupos
pueden tomar la iniciativa de involucrar actores externos. Aunque Abu Dabi oficialmente
respondió al pedido de Hadi, en la práctica entabló una serie de alianzas con un grupo de
actores yemeníes específicos: los sureños.
Los actuales movimientos sureños surgieron a raíz de la desordenada unificación de 1990.
Como esta fue cooptada por el norte, provocó una frustrada y sangrienta guerra secesionista
en 1994. Como resultado, miles de militares del Ejército de sur fueron expulsados u obligados
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a retirarse forzosamente. En 2007, estos militares comenzaron a movilizarse pacíficamente en
contra de su expulsión y la negación de pensiones de retiro adecuadas, formando el
movimiento Al Hirak. Saleh reprimió duramente este grupo, el cual fue convirtiéndose en un
movimiento de masas que incrementó sus demandas contra la discriminación del norte, la falta
de autonomía, el mal manejo económico, y poco a poco, pidiendo el secesionismo (Heibach,
2021).
Este movimiento fue construyéndose bajo la visión que los problemas del sur se
‘desvanecerían’ simplemente con la eliminación de la opresión del norte. Sin embargo, el gran
problema nuevamente es su heterogeneidad y ‘liquidez’ de las alianzas en su interior, ya que
muchas de las agrupaciones afiliadas tienen un limitado alcance a nivel local, lo que genera
importantes diferencias, aun en temas centrales, como el dilema autonomía/independencia
(Heibach, 2021).
Salisbury (2018) cree que inicialmente Abu Dabi no tenía objetivos específicos en el sur de
Yemen, sino que buscaban apuntalar a Riad, su principal aliado regional. No obstante, la
incapacidad de Hadi y la amenaza que representaban los hutíes y Al Islah, impulsaron un
mayor compromiso, al tiempo que el conflicto se convirtió en un test case de la capacidad de
Emiratos de influenciar los eventos regionales.
En consonancia con Borda (2009), había una identidad, cosmovisión e intereses relativamente
compartidos que coadyuvó a la internacionalización, principalmente en relación a enemigos
en común: los hutíes y Al Islah. Los primeros son vistos por Abu Dabi, como el vector por
donde Irán podía obtener influencia en la Península Arábiga. Por su parte, los sureños veían
en la alianza Saleh-hutíes la continuidad de la hegemonía del norte. Por el otro lado, Al Islah
era rechazado por EAU por sus vínculos con la HM, mientras que, para el Movimiento del
Sur, eran pertenecientes al stablishment del norte, y uno de los principales representantes de
la nueva constitución que les impedía mayor grado de autonomía y negaba la independencia
(Heibach, 2021).
Para EAU, apoyar a los sureños le permitió acompañar a Riad en su lucha contra Irán, al
tiempo que se mantenía lejos de apoyar a Al Islah. Pero para los sureños, el apoyo de Abu
Dabi significaba obtener el apoyo político internacional que el Movimiento nunca había
encontrado (Salisbury, 2018). De hecho, la ausencia de un aliado internacional había
mantenido a Al Hirak y las demandas sureñas en un segundo plano, al punto que no era
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considerados por diplomáticos occidentales como un tema prioritario. Sumado a esto, el
Movimiento del Sur era una agrupación principalmente política y más allá de algunas milicias
afines, no tenía ni ejército regular, ni fuerzas policiales propias. Claramente, esto coincide con
Borda (2009), quien afirma que una de las motivaciones de los actores locales para aliarse con
un actor extranjero es obtener apoyo y legitimidad política y militar frente a sus rivales.
Aquí es donde se puede observar como las alianzas líquidas y solidas conviven. Por un lado,
al igual que en otros frente abiertos por la Primavera Árabe, EAU intervino acompañando a
Riad. Pero, al mismo tiempo, las monarquías apoyaban a sectores yemeníes que rivalizaban
entre sí. Esta aparente contradicción revela el funcionamiento de los alineamientos en estos
conflictos: ser aliados en un frente, no impide que en simultáneo se tomen decisiones
contradictorias.
No obstante, el punto más débil de la alianza sudista-emiratí es el secesionismo. Mientras que
muchos sureños creen que Abu Dabi los apoyaría en su proyecto independentista, oficialmente
los funcionarios emiratíes han rechazado esta posibilidad. Aún más, su intervención está
enmarcada en la alianza con Arabia Saudita y justificada por la Resolución 2216 que reconoce
la integridad territorial de Yemen. Esto refleja la pérdida de autonomía que los actores locales
sufren al decidir involucrar agentes externos al conflicto, tal como afirma Borda (2009):
mientras que el apoyo emiratí otorgó peso político a la causa sudista, también limitó sus
alcances, ya que cuando los enfrentamientos militares entre los sureños y las tropas leales a
Hadi amenazaron con desembocar en el secesionismo, Abu Dabi y Riad presionaron a sus
aliados yemeníes para evitar la ruptura definitiva.
6- Intereses de emiratíes en Yemen
Dogan-Akkas (2020) hace dos reflexiones interesantes sobre la política de EAU en Yemen.
En primer lugar, muestra que el conflicto refleja la distribución de poder en el Golfo. En esta
subregión de Medio Oriente hay dos grandes poderes – Arabia Saudita e Irán – que compiten
por la hegemonía, pero hay una serie de actores pequeños e intermedios – EAU y Qatar – que
no se escapan completamente de esta lógica bipolar, pero tiene capacidades para asegurarse
influencia en determinados temas. Es por esto que, en ciertos momentos, la configuración de
poder tiende a ser multipolar. Esto puede verse en Yemen: los actores externos intervinieron
bajo el marco ‘bipolar’ de la rivalidad irano-saudí, pero también Abu Dabi logró construir su
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esfera de influencia en el sur de Yemen, en donde excluyó a Teherán y Riad en cuestiones
neurálgicas para sus intereses.
En segundo lugar, la autora muestra que Emiratos ha implementado una política que está en
un punto medio entre el bandwagoning y el buck-passing con Riad. Este último concepto hace
referencia a cuando los Estados ‘cargan’ la responsabilidad de lidiar con un conflicto local o
regional a otros Estados, para de esa manera, proteger sus intereses evitando pagar los costos
de enfrentarlos por mismos. Esta combinación de estrategias puede verse en el conflicto
yemení: Abu Dabi se plegó y fue el principal socio en la iniciativa saudí, pero al mismo tiempo
ha buscado que Riad cargue con las consecuencias negativas del conflicto cambiando su
retórica, bajando su nivel de involucramiento, retirando tropas, etc. – mientras que se asegura
determinados resultados específicos para sus intereses. Esto fue visible especialmente cuando
los resultados militares no fueron los esperados o cuando surgieron denuncias por los desastres
humanitarios.
Es posible ver que los intereses emiratíes en Yemen, no coinciden plenamente con los intereses
saudíes, produciendo roces y competitividad entre ambas monarquías. Claramente, combatir
a Irán y la HM – Al Islah – son importantes móviles de su participación en el conflicto. Pero,
no siempre ha coincidido con Riad respecto a cuál de estas amenazas es prioritaria. Por
momentos, el príncipe saudí ha suavizado su postura frente a la Hermandad Musulmana, si
esto ayuda a en su afán por competir con Teherán. Por su parte, MBZ quieren mostrar a la
región, y especialmente a Irán, que tiene un poderío militar respetable. Pero a su vez, para que
EAU se convierta en el núcleo económico de Medio Oriente y un estado-nexo, es consciente
que depende imperiosamente de las rutas comerciales que pasan por el Cuerno de África y el
estrecho de Bab Al Mandab. Su influencia Adén y las nuevas bases militares en África no solo
son útiles para el conflicto, sino que lo convierten en uno de los guardianes del comercio
mundial. Al mismo tiempo, también MBZ ha usado domésticamente este conflicto para
mostrarse como un líder decidido y consolidar su poder (Dogan-Akkas, 2020; Heibach, 2021;
Vidal Ribe, 2020; Shahrour, 2020). Las alianzas que ha creado en el sur de Yemen le aseguran
a EAU que, aunque el país vuelva a dividirse, tendrá a un aliado bajo su influencia (Akin,
2019; Salisbury, 2020).
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7- Las acciones de la alianza EAU-sureños en el conflicto yemení (2015-2020)
A continuación, se detallarán las principales acciones de EAU en el conflicto, en el marco de
su ‘doble alianza’ con Arabia Saudita y con los sureños. Al desarrollar la actuación emiratí,
será posible observar el delicado equilibrio que Abu Dabi tuvo que construir y las
contradicciones propias del proceso de internacionalización del conflicto, marcados por la
volatilidad y vertiginosidad de los cambios. A grandes rasgos, será posible marcar dos grandes
etapas. En 2015-2016, hay una importante visión compartida con Riad sobre la necesidad de
combatir a los hutíes, motivados por la rivalidad con Irán. Sin embargo, los resultados no
fueron los esperados y el conflicto comenzó a entrar en un estancamiento. Desde entonces, se
nota un viraje emiratí, hacia un involucramiento mas pragmático, centrado en intereses
puntuales propios y progresivamente menor. Asimismo, será posible ver la continua
disolución/formación de alianzas líquidas entre los actores, quienes oscilan continuamente
entre la cooperación y el conflicto.
Durante 2015, EAU se convirtió en la principal fuerza extranjera en territorio yemení.
Mientras que Arabia Saudita estuvo enfocada en las campañas aéreas en el norte, las tropas
emiratíes se establecieron físicamente en el sur. Desde allí, implementaron una doble
estrategia: hacer retroceder a los hutíes al norte, al tiempo que financiaban y entrenaban
milicias sureñas (Salisbury, 2020). El primer éxito resonante fue la recuperación de Adén, que
estuvo en manos de las fuerzas emiratíes con la colaboración de milicias sureñas (Domínguez
de Olazábal, 2020).
Después de meses de combate, en 2016 Abu Dabi comenzó a mostrar un involucramiento más
autónomo. De hecho, bajó su intensidad en el enfrentamiento directo contra los rebeldes y se
dedicó a profundizar su influencia militar, política y económica en el sur (Garallah, 2020;
Salisbury, 2020). El bloque anti-hutí era muy heterogéneo, pero gracias al apoyo de EAU, los
sureños alcanzaron un grado de organización no visto anteriormente (Salisbury, 2018). Pero,
esto provocó tensiones con Hadi y Al Islah quienes comenzaron a ver con temor los deseos
secesionistas. Al respecto, Soler I lecha (2017) afirma:
El posicionamiento del resto de actores regionales ilustra el carácter líquido de las alianzas.
La operación militar liderada por Arabia Saudí ha contado con la participación de Egipto,
Marruecos, Jordania, Sudán, los Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait y Bahréin. Sin
embargo, EAU, a través del Jeque Mohamed bin Zayed Al Nahyan, príncipe heredero de Abu
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Dhabi y comandante de las fuerzas armadas emiratíes, dio por terminada su implicación a
mediados de junio de 2016. Este movimiento indica que, a pesar de situarse en un mismo
bando, Emiratos Árabes Unidos busca preservar cierto margen de maniobra y que no se siente
igualmente amenazado por el ascenso de los hutíes. Hay informes que apuntan que no solo los
hutíes sino AQPA y la inestabilidad en el sur lo que preocupa a los emiratíes. (p. 152)
Desde entonces, las acciones de Abu Dabi en Yemen estuvieron centradas en el entrenamiento
de agrupaciones paramilitares sudistas e intervenciones directas contra agrupaciones
terroristas. Al mismo tiempo, incrementó el apoyo político a grupos y personalidades
independentistas. EAU formó dos principales fuerzas paramilitares: el Cinturón de Seguridad,
localizado en el extremo suroeste en las gobernaciones de Adén, Lahij y Abyan, y las Fuerzas
de Elite, con importante influencia en Shabwah y Hadramut, en el centro-sur y sudeste.
También equipó a otros grupos, como los Gigantes, formado principalmente por salafistas,
que fueron importantes para enfrentar a los hutíes en las campañas en la costa del Mar Rojo
(International Crisis Group, 2019; Vidal Ribé, 2020; Salisbury, 2018).
No obstante, no todas las fuerzas sureñas están bajo la influencia de Abu Dabi y algunas de
ellas hasta se oponen a la presencia emiratí. La situación de Adén refleja esta gran ‘liquidez’
de los vínculos: después de ser recapturada, distintas facciones crearon pequeñas zonas de
influencia. EAU controlaba el aeropuerto, por lo que cada vez que Hadi o sus funcionarios
yemeníes querían ingresar a la capital del país, tenían que hacerlo con permiso emiratí
(Garallah, 2020 y Salisbury, 2018).
En abril de 2017, el Cinturón de Seguridad impidió que un oficial militar de Hadi descendiera
del avión en Adén. Como respuesta a ello, Hadi destituyó el gobernador de Adén, Aydrous Al
Zubaidi importante militar respaldado por EAU. Esto desató el enojo en el sur, y a principios
de mayo, en medio de manifestaciones populares, se redactó la Declaración Histórica de Adén,
en la que se autorizó a Al Zubaidi a formar el Consejo de Transición del Sur (CTS),
aglutinando varias agrupaciones sudistas con el objetivo de representar sus intereses en futuras
negociaciones (Garallah, 2020). Desde entonces se convirtió en el actor predominante al
interior de Al Hirak, especialmente en Adén, Lahij y Al Dahle.
Sin embargo, este movimiento fue visto por Hadi como la creación de un cuerpo político
paralelo al Estado que se estaba preparando para asumir funciones gubernamentales y lo
comparó con el golpe hutí de 2014. Sin dudas, el éxito del CTS hubiera sido imposible sin el
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apoyo de EAU, quien ha financiado a sus líderes y equipado a sus milicias afiliadas. Aun así,
su autoridad no es completamente aceptada en el sur (Heibach, 2021; International Crisis
Group, 2019; Salisbury, 2018).
En junio, nuevamente las rivalidades entre los actores regionales afectaron a Hadi. La disputa
de Arabia Saudita y EAU con Qatar por la Hermandad Musulmana obligó al mandatario
yemení a aceptar la decisión de expulsar a Qatar de la coalición. Si bien nunca había tenido
una participación desequilibrante, afectó al sector económico y de servicios, al tiempo que
perdió el apoyo de los medios de comunicación qataríes. Aunque Arabia Saudita conservó los
lazos con Al Islah, el vínculo de esta agrupación con MBZ era tenso. En diciembre de 2017,
después de la fractura de la alianza entre los hutíes y Saleh, que terminó con el asesinato del
ex presidente, MBS organizó un encuentro con su par emiratí y los líderes de Al Islah en Riad
para limar asperezas, pero no tuvo un verdadero impacto (Garallah, 2020).
En enero de 2018, tras denuncias de corrupción en el gobierno y una serie de manifestaciones
populares, las fuerzas afiliadas al CTS nuevamente chocaron con las del gobierno de Hadi en
Adén. Esta vez el enfrentamiento fue duro, y Arabia Saudita realizó bombardeos contra los
sureños para evitar que tomaran el palacio presidencial. Este fue un punto de altísima tensión
dentro del bloque anti-hutí, al punto que Hadi acusó a EAU de ser una fuerza ‘ocupante’ en
Yemen. Si bien se llegó a un acuerdo para distender las tensiones, sólo logró “congelarlas”,
pero quedaron irresueltas (International Crisis Group, 2019).
En abril de 2018, EAU desplegó unilateralmente tropas y vehículos armados en la isla de
Socotra. Este pequeño archipiélago es un punto estratégico en las rutas comerciales, ubicado
aproximadamente a 350 km del sur de Yemen y dependiente de la gobernación de Adén. Esto
trajo nuevos roces entre EAU y el gobierno yemení, al punto que este último presentó una
denuncia en el Consejo de Seguridad. Esta situación solo fue resuelta cuando Riad envió sus
fuerzas a la isla para presionar por una negociación, y logró que el control administrativo
vuelva al gobierno yemení (Al Sami, 2020; Garallah, 2020).
Pero también, durante 2018 surgieron graves denuncias contra EAU por violaciones a los
Derechos Humanos. En octubre, Abraham Golan, el fundador de la empresa militar privada
Spear Operations Group afirmó en una nota periodística que había sido contratado por EAU
para llevar un programa de asesinatos selectivos de personalidades de Al Islah en Adén.
Además, Human Rights Watch denunció que las fuerzas patrocinadas por Abu Dabi habían
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llevado a cabo, bajo pretexto de operaciones anti terroristas, detenciones y desapariciones
forzadas y que EAU operaba al menos dos centros clandestinos de detención (Human Rights
Watch, 2017).
A pesar de las peleas con sus aliados, EAU continuó junto a los sureños el combate a los
hutíes. Las operaciones militares que lideró se ubicaron principalmente en la costa del Mar
Rojo, con el objetivo de controlar el importante puerto de Hodeidah, y de esa manera, aislar a
los rebeldes e impedir que continuaran recibiendo suministros y armas. Sin embargo, por ese
puerto ingresaba gran parte de la ayuda humanitaria para millones de yemeníes. Frente al
temor de que los enfrentamientos lo dejaran inoperable, la ONU presionó a las partes a que se
sentaran a negociar. Finalmente, en Estocolmo se llegó a un acuerdo para detener los
enfrentamientos. A pesar que Abu Dabi se opuso inicialmente al mismo, luego dio un viraje
en su posición. Desde entonces, anunció una paulatina retirada del sur y el oeste, focalizándose
en operaciones anti terroristas y comenzó a apoyar la salida política del conflicto.
Frente a ello, el CTS – que no fue incluido en las negociaciones de Estocolmo – pensó que, en
vistas a un posible acuerdo nacional, podía ser nuevamente relegado. Esto los llevó a actuar
aún más decididamente para no perder terreno. A principios de 2019, el CTS tuvo intensos
enfrentamientos con los hutíes en Al Dhale. Sin embargo, acusó a las tropas de Hadi de haberse
retirado a propósito, y exponerlos al combate. Desde entonces, incrementaron la narrativa
combativa hacia Hadi y Al Islah, al hacer referencia que era necesario ‘liberar’ las ciudades
sureñas que estaban bajo control de tropas afiliadas a Al Islah. Pero a mediados de ese año,
Abu Dabi decidió retirar sus tropas de Yemen. Aunque oficialmente esto correspondía a la
voluntad de colaborar en el cumplimiento del acuerdo de Estocolmo, Dogan-Akkas, (2020) lo
muestra como un ejemplo de la estrategia de buck-passing. Esta decisión se dio en un contexto
de fuertes críticas internacionales a las operaciones militares en Yemen (por las consecuencias
humanitarias), al tiempo que EAU ya aseguraba determinados intereses: controlaba el
aeropuerto de Al Rayan en Adén, las terminales portuarias claves del sur, la única terminal de
salida del gas licuado en Shabwa y el mando de muchas de las unidades militares del sur
(Heibach, 2021).
Sin embargo, el punto de mayor tensión para EAU tuvo lugar en agosto, cuando Munir Al
Mashali, uno de los creadores del Cinturón de Seguridad fue asesinado en un atentado
terrorista. El gobierno culpó a los hutíes, pero el CTS denunció que seguidores de Al Islah
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habían colaborado con los rebeldes para organizar el atentado y que las fuerzas presidenciales
habían atacado a miembros del CTS en el funeral. En ese entonces, se desataron duros
enfrentamientos entre las partes, que desembocaron en la toma de Adén por el CTS el 11 de
agosto. Esto desató una serie de enfrentamientos entre el gobierno de Hadi y el CTS, que
terminaron con bombardeos de EAU contra las tropas de Hadi y ataques saudíes contra el
CTS.
Según el informe de International Crisis Group (2019), oficiales del CTS habrían confesado
secretamente que era parte de un plan que venía diseñándose para controlar el sur, pero que
habían fracasado en enero de 2018. Por su parte, Emiratos condenó las acciones de sus aliados,
pero afirmó que el gobierno también era responsable por la violenta respuesta al CTS. Sin
dudas, las tensiones al interior del bloque anti-hutí fueron profundas y amenazaron con
cambiar por completo el rumbo del conflicto. Akin (2019) afirma que, en ese momento, había
tres guerras simultáneas en Yemen: la guerra con los hutíes, la guerra con los sureños, y la
guerra con el extremismo yihadista. Este también fue el punto de mayor tensión entre Abu
Dabi y Riad. Frente a los bombardeos cruzados a sus respectivos aliados, se ha llegado a firmar
la posibilidad de una proxy war entre ellos.
Sin embargo, cuando los sucesos de Yemen amenazaban con profundizar la grieta saudí-
emiratí, las monarquías dieron pasos para llegar a un entendimiento. Ambas se
comprometieron a no apoyar las acciones de sus aliados, y presionarlos para sentarlos a
negociar. Desde entonces, Riad comenzó una importante tarea de mediación, que concluyó
con la firma del Acuerdo de Riad (AR) el 5 de noviembre de 2019, en el que se estipulaban
una serie de medidas para reunificar el bloque anti-hutí. A favor de Hadi, se establecía como
objetivo central el combate a los hutíes y se incluía a todas las tropas, incluidas las del CTS
bajo el mando del Ministerio de Defensa. Como contrapartida, los sureños obtuvieron un lugar
en las negociaciones internacionales de paz con los hutíes – algo que no había tenido hasta el
momento – al tiempo que Hadi tenía 30 días para formar un nuevo gabinete en el que el 50%
del mismo tendría que ser compuesto por sureños (Riyadh Agreement, 2019).
Sin embargo, era dudoso su cumplimiento. En primer lugar, las partes nunca se habían visto
las caras, sino que habían negociado por medio de funcionarios saudíes, sembrando dudas por
la escasa confianza. En segundo lugar, estaba escrito en un lenguaje vago y planteaba períodos
muy cortos para su cumplimiento. La unificación de las fuerzas realmente era compleja, no se
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estipulaba si los miembros sureños del gabinete debían ser del CTS o alguna otra agrupación,
y se negaba a los funcionarios involucrados en los sucesos de agosto formar parte del gobierno
– que, sin embargo, eran los líderes más representativos. Aunque MBZ estuvo presente junto
a MBS en el momento de la firma, quedó claro que el arquitecto del mismo era el príncipe
saudí (DeLozier, 2019).
Efectivamente, los temores se cumplieron y el proceso se estancó poco menos de un mes
después. En enero, el CTS se retiró de los comités de implementación, y en marzo, Hadi
prohibió a una delegación del CTS regresar a Adén. Como represalia el CTS bloqueó el
regreso del primer ministro de Hadi, Maeen Abdulmalik Saeed. En abril, cuando la pandemia
de COVID-19 ya estaba golpeando a la región, EAU dejó de pagar salarios a funcionarios que
estaba apoyando, al tiempo que la población sufría fuertes inundaciones. Con muchos de sus
líderes no pudiendo regresar al terreno, y temiendo perder legitimidad, el CTS declaró el 26
de abril la ‘autoadministración’ de sus territorios, quedando a un paso de la secesión.
En respuesta, el gobierno lanzó una frustrada ofensiva para recuperar partes de la provincia de
Abyan, desatando una nueva ola de enfrentamientos en la que ninguna de las dos partes logró
avances sustanciales, hasta que el CTS controló definitivamente la isla de Socotra (Al Sami,
2020). Un punto claroscuro en ese entonces fue la posición de Arabia Saudita, ya que el avance
del CTS se dio poco tiempo después que Al Zubaidi visitara Riad, al tiempo que se negó a
ayudar a las autoridades de Socotra (Nagi, 2020).
Frente a esta nueva oleada de tensiones, Riad volvió a plantear negociaciones entre las partes.
En julio llegaron a una revisión del AR, que estipulaba pasos más concretos a seguir entre las
partes. El CTS renunciaba a la autoadministración del sur, mientras que Hadi colocaría un
nuevo gobernador en Adén. Ambas partes acordaron regresar a sus posiciones anteriores
retirando tropas. Una vez cumplido esto, se completaría el resto del AR (DeLozier, 2020).
Sin embargo, no fue un proceso fácil, y desde julio surgieron quejas, por ejemplo, cuando los
sureños rechazaron al Director de Seguridad de Adén nombrado por Hadi. Finalmente, el 18
de diciembre Hadi anunció la creación del nuevo gabinete. Pero, a pesar de estos éxitos, gran
parte de los asuntos sustanciales del Acuerdo, como la unificación de las fuerzas, no fueron
cumplidos, y de facto permaneció el status quo de 2019. De igual manera, aunque el nuevo
gobierno incluyó a grupos sureños, excluyó a otras regiones importantes, sembrando la semilla
de la discordia para el futuro (Jalal, 2021). A su vez, Nagi (2020) destaca que este acuerdo
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reflejaba la nueva posición saudí, quien se posicionó más cerca de Abu Dabi y el CTS para
intervenir en la formación del nuevo gobierno de Yemen. En todo este proceso, fueron
removidas personalidades del gobierno yemení que comenzaban a ser críticas de la coalición
y de la influencia saudi-emiratí en Yemen.
Conclusiones
A lo largo de este análisis hemos podido comprobar el rol cada vez más importante que EAU
ha adquirido en Yemen. A pesar de su reducido tamaño y perfil internacional más bajo, ha
tenido un papel decisivo en el conflicto yemení.
El concepto de internacionalización de conflictos de Borda (2009), nos ha permitido
comprender las complejas vinculaciones entre las cuestiones domésticas y regionales del
conflicto. En su afán de conseguir apoyo militar, financiero y político, cada uno de los grupos
yemeníes ha tejido alianzas – no exentas de roces y conflicto – con actores externos. A pesar
que no es un lugar prioritario para Teherán, los hutíes encontraron allí al único actor
internacional que les brindó reconocimiento, apoyo político y sostén económico-militar. Por
su parte, el gobierno oficial ha caído en una profunda dependencia de la asistencia saudí, al
punto que es gracias al apoyo de Riad que aún tiene peso político. Pero, fundamentalmente
hemos podido ver como los sureños un grupo muy poco analizado, pero de creciente
importancia en la política yemení estrecharon su alianza con Abu Dabi. Pero, tal como
mencionaba Borda (2009), el apoyo político y militar que recibieron trajo consecuencias
paradójicas: por un lado, obtuvieron el reconocimiento y la organización que nunca habían
tenido, pero por el otro, cuando las circunstancias parecían favorecer el proyecto secesionista,
el propio EAU evitó que esto sucediera. Cada uno de los actores yemeníes se ha visto
encasillado en los límites que sus propios aliados internacionales les marcaron.
Pero, EAU también fue afectado por las disputas yemeníes. Su decisión inicial de acompañar
a Riad respondió a la situación crítica que había generado la Primavera Árabe, en la que Irán
y el islam político, estaban siendo beneficiados. Esto favoreció el estrechamiento de la alianza
saudí-emiratí y propició la intervención conjunta en Yemen. Sin embargo, la presencia de Al
Islah en la coalición, el incremento de la influencia de AQPA y el Estado Islámico, y la
inestabilidad en las rutas marítimas, llevaron a que Abu Dabi tuviera un accionar mucho más
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autónomo y pragmático. La alianza saudí-emiratí quedó empantanada en el conflicto yemení,
sacando a la luz las diferencias de intereses y percepciones de las monarquías.
Este tipo de situaciones generan alianzas pragmáticas, cambiantes y conflictivas, que pueden
parecer casi ‘irracionales’ para el observador externo. Sin embargo, los conceptos de alianzas
líquidas y sólidas Soler I Lecha (2017) arroja luz para comprender este accionar errático y
zigzagueante.
EAU ha conformado con Arabia Saudita una alianza que tiene tintes más ‘solidos’ ya que han
actuado en conjunto en muchas circunstancias regionales y ambos son socios en la coalición
interviniente en Yemen. Ambas monarquías comparten determinados factores identitarios
comunes – su condición monárquica, su visión religiosa, la relación estrecha entre sus líderes
– pero fundamentalmente la visión de enemigos comunes en el que se necesitan el uno al otro
para combatirlos. No obstante, esto no ha impedido que hayan tejido alianzas con actores
locales enfrentados mutuamente. En determinados momentos, los conflictos de entre las
facciones yemeníes amenazaron con generar una ruptura entre Riad y Abu Dabi. Pero, ambas
monarquías apostaron por un delicado equilibrio que impidió esta ruptura.
Llegado el año 2020, era evidente que los objetivos iniciales de la coalición emiratí saudí
habían quedado en el olvido. Los huties consolidaron su presencia en la capital y el norte del
país y no retrocedieron. Sumado a esto, la pandemia de COVID-19 y la profunda crisis
económica global, obligó a una reformulación de la política emiratí, que empezó a sentir el
peso económico de estas operaciones. Aun así, el retiro de tropas de emiratíes en 2019, ya
había expresado su intención de retirarse.
Haciendo un balance final del rol de EAU en Yemen, el resultado es dispar. Por un lado,
realizó una gran inversión económica y humana al involucrarse en la coalición, pero ninguno
de los objetivos fue cumplido, por lo que es corresponsable del fracaso de la misma. A su vez,
su imagen de país tolerante y abierto fue duramente golpeada al conocerse las denuncias por
los abusos que de sus milicias patrocinadas han cometido.
Pero, Abu Dabi logró importantes éxitos. Primeramente, las victorias militares más
importantes de la coalición han sido de su autoría, mostrando su gran capacidad bélica. En
segundo lugar, su influencia también ha crecido grandemente en el sur, al punto que muchos
líderes político-militares de agrupaciones sudistas responden a EAU antes que al gobierno
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yemení. Finalmente, MBZ logró mantener la seguridad y administrar los principales puntos
estratégicos a lo largo de las vitales rutas comerciales que pasan por las costas yemeníes.
En síntesis, los años de conflicto han logrado visibilizar la demanda sudista, al punto que es
casi imposible que Yemen continúe siendo un único Estado. Tarde o temprano, el sur será
separado, aunque es poco claro el camino hacia ello, y la forma que la nueva entidad sureña
adoptará. Pero también el sur hoy está mucho más radicalizado, fragmentado y peligrosamente
armado. La profunda heterogeneidad y viejas disputas se han retroalimentado negativamente
con el accionar ambiguo y centrado en sus propios intereses de EAU, quien a pesar de su bajo
perfil ha incrementado su impacto. Sin dudas, el nuevo sur que emerja post conflicto, tendrá
la indeleble huella emiratí.
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